La política salteña está necesitada de más 'advenedizos'

Bernardo Biella¿Qué es un advenedizo de la política? ¿Acaso es un ciudadano que antes no se dedicaba a los asuntos públicos y que ahora, por las razones que sea, decide hacerlo? ¿Tal vez es alguien que se ha destacado en el mundo académico, en la empresa o en una profesión liberal y que desea servir a su prójimo de otro modo?

Conviene formularse estas preguntas especialmente cuando alguno de nuestros políticos utiliza la palabra "advenedizo" para descalificar a personas que, según ellos, entran a la política por la ventana.

Desafortunadamente, para estas visiones cortas, la política no tiene puertas ni ventanas, así como tampoco mecanismos de entrada o de salida que actúen de intermediarios entre un ciudadano libre y los asuntos públicos que solo a él le conciernen.

La palabra 'advenedizo' es particularmente desafortunada cuando con ella se pretende descalificar al recién llegado al mundo de la política.

Si advenedizo significa "extranjero o forastero, que no es natural u originario del lugar", parece muy claro que allí donde hay un ciudadano está la política y que nadie -salvo, claro está, alguien con mentalidad totalitaria- puede arrogarse el derecho de decidir quién es un extranjero o forastero de la política.

Si advenedizo significa "persona de origen humilde que, habiendo reunido cierta fortuna, pretende figurar entre gentes de más alta condición social", habría que preguntarse cuál es la alta condición social de quien descalifica al recién llegado. Desde hace por lo menos un siglo, la condición social de las personas no es requisito de acceso o de ejercicio de la política. Así sucede, por lo menos, en los países civilizados y democráticos.

Si advenedizo significa "persona que, sin empleo u oficio, va a establecerse en un país o en un pueblo", habría que recordar que el ejercicio de la política no requiere otra cualidad que la de ser ciudadano o, si se quiere, simplemente la condición de ser y estar en un conjunto social determinado.

En tiempos de aguda crisis de confianza en las instituciones y en la representación política, pocas dudas caben acerca de que la participación en los asuntos públicos de personas nuevas es algo bueno, que merece ser estimulado y no denostado por quienes ya están cerca de la política.

Pensar la política en términos de oriundos y advenedizos supone consagrar la superioridad de la política profesional, o, lo que es lo mismo, asegurar la antidemocrática preeminencia de los burócratas militantes -que pretenden hacer de la política un oficio sindicalizado y excluyente- sobre los ciudadanos normales y corrientes a quienes les interesan los asuntos públicos.

¡Ojalá hubiera más advenedizos en la política de Salta!

Porque si los hubiera, la democracia dejaría de estar cautiva en manos de señores que se creen los dueños del invento y reivindican por ello derechos dinásticos y galones de la primera hora.

La política -vayan sabiéndolo- es un asunto de ciudadanos y no de 'militantes'. Así sucede en toda sociedad abierta y democrática que bien se precie. Es por ello que nadie puede negar a otros el ingreso a la vida pública y, menos aún, negárselo con la misma autoridad o el mismo desdén de aquellos socios de clubes privados que emplean el sistema de "bolilla negra".

¿Qué significa ser ciudadano?

«El ciudadano es la persona que vive en una sociedad abierta y democrática. En las sociedades cerradas y autoritarias viven súbditos. Acepta los valores, los principios, la dignidad de todos y los derechos humanos, y participa de la vida política y social. Rechaza el odio y la dialéctica amigo-enemigo y se relaciona con los demás desde la amistad cívica. Distingue la ética privada de la pública, que es la propia de la acción política y que fija los objetivos del poder y de su Derecho y la libre acción social. Puede ser creyente o no creyente y defiende la Iglesia libre, separada del Estado libre. Es respetuoso con la ley, tolerante, libre de discrepar desde las reglas de juego de la Constitución y desde la aceptación del principio de las mayorías. La condición de ciudadano se fortalece con la educación y es una responsabilidad central del Estado y de la sociedad» (Gregorio Peces-Barba Martínez).