Elogio del 'mediópata' salteño

Hace unos días leí un hermoso artículo escrito por el novelista Javier Cercas en el que autor aventuraba una tesis sobre la reciente captura del criminal de guerra serbo-bosnio Radovan Karadzic.
Radovan KaradzicSería largo y complicado volver a contar la historia, pero si pudiera, lo más seguro es que no alcanzara a rozar la maestría del autor de Soldados de Salamina, para quien el psiquiatra Karadzic deseaba fervientemente que lo encontraran para poder satisfacer así su enorme ego, sometido a casi una década de "ayuno mediático".

Radovan, que eligió en su momento "esconderse sin esconderse", vivía protegido bajo la falsa identidad de un charlatán que, incluso, se animaba a cantar en bares de mala muerte en donde se reverenciaba la figura del prófugo Karadzic como héroe nacional, es decir, donde se adoraba a sí mismo, sin levantar mayores sospechas por ello.

Karadzic vive ahora en Holanda, en donde un tribunal especial que juzga los crímenes de guerra en la antigua Yugoslavia lo tiene de huésped. Allí, el exhibicionista exlider de una guerra perdida y presunto instigador de más de 20.000 muertes de paisanos y exvecinos suyos, luce prolijo y afeitado, listo para las voraces ópticas de las cámaras de televisión del tribunal, ante el cual ha decidido -para mayor lucimiento y exposición a los focos- defenderse a si mismo.

Cuando Cercas calificó a Karadzic de "mediópata", me vino inmediatamente a la memoria un personaje salteño, ya bastante mayor, que adoraba y seguramente sigue adorando el contacto con los micrófonos y las cámaras de televisión. El personaje en cuestión no sólo era mediópata por su debilidad por las entrevistas, sino porque era "medio-opa", sin atenuantes ni sufijos.

Como Karadzic, aquel hombre está encantado de conocerse. Además de su talante fascistoide tiene varios puntos de contacto con el exlíder político de los serbios de Bosnia, como la autoconvicción de su naturaleza providencial, no sólo para sí mismo (lo cual era obvio) sino para Salta y los salteños que -como dice la zamba- "¿adónde irían a parar?" sin su promoción, sin su tutela, sin su consejo. O como dice la Novena, sin "su amparo, su patrocinio y favor".

Desafortunadamente no me es permitido traer aquí algunas claves de su currículum, porque de hacerlo el mediópata salteño podría ser perfectamente identificado por cualquiera que haya tenido noticias de sus fracasos profesionales a causa de una mala elección de un color, de sus dulces problemas con la justicia, de su carácter "frontal" y prepotente o de su puntual asistencia a ciertas procesiones de alto vuelo, reservadas a pocas pero muy encopetadas cuadras.

Lo importante, en cualquier caso, es darse cuenta que el mediópata salteño ha fundado una escuela de figuración y egolatría de la que son aventajados alumnos algunos de los nuevos prominentes locales. Se trata de una nueva especie de insectos del mismo tipo de aquellos que orientan su actividad hacia los focos de luz, pues allí donde ven una antorcha encendida, un LED rojo de REC en funcionamiento y un micrófono con capucha de esponja apuntando al infinito, no dudan en lanzarse a tumba abierta, como aquellos cascarudos zumbantes que impactan en las bombillas y rebotan estúpidamente una y otra vez sin poder penetrar el foco.

El genearca de los mediópatas, a pesar de su declive y de la inanidad de sus arrebatos de frontalidad y de sus conatos de pendencia, debería ser entrevistado más a menudo, pero por profesionales de la psiquiatría como Karadzic, por ejemplo, porque la ciencia se está perdiendo de conocer cuáles son los procesos químicos que se producen en el cerebro de algunos seres humanos y que son capaces de convertir a una persona en un insecto más bien repugnante.

Menos mal que todavía le queda la lectura de Kafka para poder salvarse de sí mismo.