Uno de aquellos dos salteños heterodoxos le confesó al otro que solía rezar la novela "a su aire", es decir, intercalando frases de su propia cosecha a las dolientes páginas escritas por el presbítero Francisco Javier Fernández Pedroso y Aguirre, pues según aquel peculiar feligrés, la literalidad de la Novena "lo hacía sentir un infeliz y un miserable".El autor de nuestra tradicional Novena nació en Salta hacia 1735. Era hijo de don Francisco Fernández Pedroso, Maestre de Campo, encomendero en segunda vida de Cafayate y de doña Francisca de Aguirre y Pedrosa Sierra. Dos de sus hermanas (María Antonia y Manuela) estaban casadas con prominentes hombres de negocios de origen español que, más tarde, tuvieron una descollante actuación en la Independencia argentina. Fueron ellos don Juan Antonio de Moldes (marido de María Antonia), oriundo de Galicia, adonde había nacido en 1807; y don Pedro Antonio de Gurruchaga y Aizaga, natural de la villa guipuzcoana de Anzuola, en el País Vasco, y padre del fundador de la Armada Argentina, el patriota don Francisco de Gurruchaga y Fernández Pedroso.
O sea que el autor de nuestra Novena era un religioso vinculado con la alta burguesía salteña de la época, de donde se supone extrajo el modelo de pecador que aparece, compungido y contrito, a lo largo de todo su más famoso texto.
Tanto la familia paterna del presbítero Fernández Pedroso y Aguirre, como la familia materna, descienden de los primeros pobladores de la región. Del fundador de Santiago del Estero desciende la familia de doña Francisca de Aguirre y Pedrosa Sierra; de la familia Sánchez Zambrano la familia de don Francisco Fernández Pedroso. Entre ambas, reunían a un buen número de militares, administradores municipales, sacerdotes, encomenderos y otros oficios de alta consideración social en la época.
La Novena fue escrita en 1760, cuando nuestro protagonista tendría unos 25 años y plena conciencia del medio espiritual y material en que su vida se desenvolvía. Es decir, fue escrita unos 216 años antes que dos irreverentes la rezaran enfundados en pieles, cuando su obligación era mortificarse en mangas de camisa bajo aquel cortante frío del "año de plomo", por excelencia.