Félix Luna: 'No usé la historia para atizar fuegos'

Le parece un ejercicio de ociosa vanidad ponerse a calcular la cantidad de ejemplares vendidos de sus dieciséis libros a lo largo de 39 años en el oficio de historiador. Pero encontrar un estudioso del pasado reciente capaz de colocar cerca de 300 mil ejemplares de sus obras, no es hallazgo para dejar indiferente a un mediano observador. Félix Luna se situó, en virtud de ese hecho, en el centro del protagonismo de un fenómeno sociológico: la explosión desde los años 60 del interés de los argentinos por conocerse a si mismos. Félix Luna (1925 - 2009)Antes de que la literatura histórica se convirtiera en producto demandado por el mercado de la curiosidad nacional, nuestro pasado estaba recluido en dos esquinas contrapuestas y separadas por un tremendo abismo. Los textos escolares, los frisos ejemplares más o menos continuadores del manual arquetípico de Grosso, de un lado. En la otra esquina, los gruesos mamotretos que parecían pesados adobes que algunos eruditos escribían para otros eruditos. En medio, nada. La página en blanco.

"No existía entre nosotros la noción de divulgación histórica. O se manejaba la gente con los manuales escolares o sea caía en las obras monumentales y a veces impenetrables y de fatigosa lectura. Recién casi al finalizar los años 50 el gran público accede a la historia y, de ese modo, el pasado escrito se democratiza. No me arrepiento de lo que hice en materia de divulgación histórica. Creo que ha sido una tarea legítima y necesaria", sostiene Luna en su charla con El Tribuno.

Por una de esas paradojas que deambulan por el mundo de los hombres que trabajan con palabras, la obra de mayor alcance, la que traspuso los límites del mercado de consumo nacional, no es ninguno de esos volúmenes que suman miles de páginas. Una carilla escueta, limpia, austera en palabras es la que catapultó a Luna al mundo. Su letra para "Alfonsina y el mar" —compuesta con Ariel Ramírez— tuvo más poder que sus trabajos sobre historia de nuestro pasado reciente. "Sí, es curioso y misterioso el éxito de esa canción. Hace unas semanas, durante la visita del presidente del gobierno español, me sucedió algo inesperado. Ariel había interpretado 'Alfonsina', y después de la velada, cuando saludé a Felipe González, éste me confesó que ese tema le emocionaba fuertemente, pues esa fue la canción que se interpretaba durante el entierro del asesinado líder sueco Olof Palme".

Una cierta entereza


Esos lentes de gruesos marcos parecen seguir las líneas de un rostro que no ha cambiado en muchos años. Cejas cargadas, frente ancha prolongada en calvicie, patillas notables semejantes a las que escondían las orejas de Facundo. Pasaría más por un ejecutivo de cuidada presencia que por un intelectual de torpe aliño indumen-tario y abstraído.

No representa la edad que lleva encima. Un sedentario como él, tampoco delata en la figura las marcas que el reposo del trabajo en una silla deja a los años. Habla sin gesticulaciones, no se agita ni desordena el discurso. No vacila ni infla las frases. No vacila y, hombre de oficio, sirve las ideas ordenadas, listas para ser consumidas. "No, no hago gimnasia. Sólo camino por mi chacra los fines de semana. Como con mesura. Mi único hobby es leer, escribir. Soy mi propio mecanógrafo. No tengo otra habilidad manual, soy torpe con las manos. Diría que soy un tipo aburrido", autodefine.

Lo suyo es hacer historia contemporánea, Un campo que podría amojonarse con las señales de la memoria de los vivos y que sin extremar las pretensiones podría colocarse medio siglo hacia atrás. "La historia contemporánea se parece al periodismo porque capta los hechos más próximos, los que transcurren con más velocidad. Es casi el efecto del flash. Desde los años 40 muchos extranjeros se dedicaron a estudiar ese pasado reciente. Había como un bache que la historia académica no llenaba. Archivos y memorias se abren más fácilmente al investigador extranjero, que al nacional. Se elige un Potash, a un Luna, por ejemplo".

Luna sabe que meterse con el pasado que aún da coletazos es una tarea riesgosa. "Somos pocos los que tenemos la entereza de afrontar esta historia contemporánea. Y menos los que no la abordamos para ponerla al servicio del partidismo o de una ideología determinada. Si nuestra historia del siglo pasado fue abordada con pasiones propias del presente, imagínese con qué pasiones se encaró ese mismo presente. Yo en mis libros he tratado de no adjetivar ni calificar. Los historiadores no somos jueces y tampoco adivinos. Es absurda esa idea que remite a la historia la sentencia final sobre un hombre o un período. Traté de no usar la historia para atizar fuegos. No escarbé en las divisiones y antagonismos; procuré encontrar las armonías, los elementos de unión entre los argentinos más que los de separación”, explica.

Yrigoyen, Alvear, Perón


El tema del poder y de los hombres que encarnaron el poder lo apasiona. La mayor parte de su obra está concentrada en algunos de esos hombres: Hipólito Yrigoyen, al que le dedicó su segundo libro iniciado en 1951 y editado tres años tarde. Perón aparece en su interés en 1968 cuando publica "El 45", en el que incluye el resumen de una larga entrevista en Puerta de Hierro. Entre ambos, Marcelo Torcuato de Alvear "contradictorio, tironeado por la sensualidad de vida, riqueza y aristocracia y por el reclamo popular le aguijoneó".

El Yrigoyen llegaba al finalizar en 1951 carrera de abogacía. "Trabajé 3 años en el libro. Pasaba de pronto de aquel trabajo juvenil sobre La Rioja después de Pozo de Vargas, que me había deparado en 1949 el disfrute de una modesta notoriedad, a un tema que me exigía más trabajo. Faltaba una vida del hombre que durante 80 años había gravitado en la vida argentina. Estaba la biografía de don Manuel Gálvez a la que yo, con irreverencia juvenil, maltraté. Sin quererlo luego me di cuenta que en esa obra busqué hacer una especie de contrafigura de Perón, de oponer uno a otro".

A Perón lo vio en Madrid y habló con él. Cuando Luna le dijo que la persecución a opositores de su gobierno había sido innecesaria pues tenía todo el poder, Perón lo miró extrañado y fue replicando cada uno de los cargos del historiador que había sido opositor desde la FUBA a ese régimen. "Hasta se torturó", acotó Luna. Perón se tiró hacia atrás y preguntó: "¿A quién?". "A mí, por ejemplo", confesó el historiador.   "Entonces Perón hizo un gesto como de agarrar el teléfono para hablar con el comisario de turno y reprenderlo diciéndole: 'a ver, que pasó con ese jovencito'. Perón me pareció que era un hombre que se armaba su propia verdad, que tenía su mundo, sus verdades y de allí no se bajaba". A su gobierno le dedicó luego de "El 45", tres volúmenes que se cierran en la caída en 1955.

Escuchar a las tías viejas


Porteño, nacido en Balvanera Sur, pero con ascendientes riojanos que remontan ocho generaciones, Luna comenzó a inquietarse por la historia cuando los relatos de sus viejas tías le aportaban de primera mano recueros de los entreveros de los últimos caudillos: Felipe Varela, Pablo Ontiveros, El Chacho. Mientras cumplía el servicio militar aprovechó el tedio burocrático para desempolvar viejos papeles acercados por el ingeniero Pedro Bazán, y teclear su primer libro con el que saldó su “deuda ancestral” con La Rioja.

En su taller de historiador han pasado muchos personajes, nombres y hechos. “Algunos errores siempre se cuelan. Recuerdo que en  “El 45” di por no existente el acta donde la CGT declaraba el paro para el 17 de octubre. Luego una revista de Córdoba la editó entera y yo me corregí”. Para su obra sobre el peronismo conversó con decenas de dirigentes. “Hace cuatro meses –ya publicado el último tomo- vino a verme Nelly Rivas, aquella chica de la UES que me aportó datos, aunque no modificaban lo que dije en la obra”, cuenta.

Cree que la historia decanta las pasiones, va limando prejuicios. “Con los años encontré a peronistas que admitían errores en Perón y con antiperonistas que comenzaban a reconocerle méritos. Los juicios drásticos a favor o en contra se van puliendo con el tiempo”. No cree que la historia sea maestra de la vida. El hombre sería muy mal discípulo o ella pésima docente si así fuese. Tampoco que el historiador sea un adivino, un ser superdotado, con poderes para pronosticar el futuro. Ni piensa que la historia pueda repetirse, y si ella es un río nadie puede bañarse dos veces en las mismas aguas. Lugares comunes que rechaza, no por comunes sino por falsos.

“El historiador deba prender a ser humilde. El es un guardasellos del tiempo pasado, que pesa y condiciona el presente de modo inevitable”. El historiador no adivina ni advierte lo por venir sino que registra una suma de experiencias. Esa perspectiva puede darle, a lo sumo, al hombre que escribe la historia, la fórmula no exacta, pero sí útil, para combinar ciertas dosis de fatalismo con algunos gramos de moderado optimismo. Ese historiador, cree, puede a veces distinguir con más fino oído el barullo de la construcción de lo nuevo que el estrépito de la catástrofe. “Lo que trato de hacer es que la gente entienda mejor al país, que logre mejorar la calidad de la convivencia y que entre todos hagamos una Argentina previsible en donde las armonías sean mayores que los conflictos”. Con esto su esfuerzo estaría con creces compensado. Los fuegos podrían iluminar esperanzas dejando de ser hogueras donde arden y se consumen estériles pasiones.

(*) Este artículo fue publicado bajo el pseudónimo “Rodrigo Alcorta”, perteneciente al autor, en noviembre de 1987.