Acabo de enterarme que en un recóndito museo de La Boca se exhibía una momia diaguita, para solaz de turistas despistados y morbosos. Ayer, alguien sustrajo del museo esos pobres restos humanos.
Se trata de restos que, según la direccción del museo de La Boca, fueron "comprados en Salta hace mas de 40 años".
Aunque no han trascendido ni la identidad del autor ni el móvil del delito, es fácil imaginar sospechosos y apuntar a traficantes o a enfermos mentales. Sin excluir la hipótesis de que se trate de una vindicación ejecutada por un antepasado de la momia, harto de tal vejación.
Desde antiguo la conciencia moral centrada en la dignidad del ser humano rechaza la exhibición de cadáveres y sus presuntas motivaciones (turismo, política, religión, homenajes o venganzas), negando que tal agravio aporte algo a la cultura universal o local.
¿Qué hacen esos restos mortales de un diaguita, o sea de un paisano nuestro, en La Boca?
Es sabido que los nacionalismos prepotentes han saqueado cementerios y yacimientos arqueológicos, ofendiendo a las culturas expoliadas.
Una prepotencia que aun hoy les permite exhibir como trofeos restos milenarios y ajenos, de paso que engordan sus ingresos por turismo.
Salta, sin excluir la participación de sociedades vecinas y entroncadas en una común historia, debería exigir la búsqueda y el reintegro de la momia robada en La Boca y situada allí por el prepotente nacionalismo porteño.
No para exhibirla, claro está, sino para devolverla a la tierra respetando los rituales y la voluntad de sus descendientes diaguitas, incluidos los mestizos.
Pero para ello debería comenzar por dar marcha atrás en la vejación ideada por el régimen anterior, en un acto típico de quién se sentía soberano de estas tierras, de sus vivos y de sus muertos.