Jean-Paul Marthoz y su homenaje a Alfonsín y a la audacia de los 'moderados'

El periodista y ensayista Jean-Paul Marthoz ha publicado, el pasado 12 de mayo, en el periódico belga Le Soir, un artículo dedicado a elogiar la figura del expresidente argentino Raúl Alfonsín, recientemente fallecido. Por la importancia de este escrito, Iruya.com lo reproduce íntegramente a continuación. Agradecemos al doctor Sergio Santillán Cabeza el haber difundido desde Bruselas este estupendo artículo. Raúl Alfonsín, presidente de la Nación Argentina¿Por qué no hay camisetas con la efigie de Raul Alfonsin, el anterior presidente argentino recientemente fallecido? ¿Por qué no hay, pegada sobre las paredes de las universidades, ni prendida en las habitaciones de los adolescentes, ni impresa en nuestro imaginario, una foto-icono de este abogado que, de 1976 a 1983, tuvo el inmenso valor de enfrentar, con la única arma del derecho, a la Junta militar argentina?. ¿Por qué la vida de este hombre que restauró la democracia y envió a los generales felones ante los jueces no inspiró a ningún cineasta ni a ningún cantante?

“Porque este espacio, dice con ironía a un amigo argentino, está ocupado por otro de mis compatriotas, Ernesto Che Guevara, y porque Alfonsín no tuvo la oportunidad de tener cerca un fotógrafo tan talentoso que Alberto Korda” (el famoso autor del tópico EL Guerrillero heroico).

El contraste no podría no ser más brutal: más de cuarenta años después de su muerte, el Che sigue fascinando a decenas de millones de personas. Su fotografía crística es omnipresente: en el centro de las manifestaciones altermundialistas y en las pantallas de las salas de cine, en las oficinas de los partidos de izquierda y en la publicidad de bancos o de vodka.

América Latina sufre de numerosas aflicciones: una historia plagada de caudillos, una geografía política que lo coloca en el epicentro de la injusticia, una economía caracterizada por los auges y los fiascos. Pero sufre también de esta función tan particular de servir para apaciguar los sueños revolucionarios europeos, como si una determinada izquierda del Viejo Continente expiara allí su acomodamiento con una socialdemocracia flácida.

“Raúl Alfonsín era un demócrata, un moderado, proseguía a este amigo argentino, y la moderación, cuando se ejerce en América Latina, aburre a los Europeos. Necesitáis guerrilleros, barbudos, arengas de 6 horas en la Plaza de la Revolución, banderas rojas que ondean al viento. Necesitáis sub-comandantes Marcos y tenientes coroneles Chávez. ”

Ciertamente, el “moderadismo” parece desplazado en América Latina en cuanto es violenta la hosquedad de los oligarcas y extrema la desigualdad social. Inevitablemente, los que proponen el cambio respetando la democracia son objeto de burla por los que abogan por una revolución, mediante las armas si es necesario, y autoritaria en todo caso. “Vous n’êtes rien, ni du péké ni de la limonade“ (Usted no es nada, ni chicha ni limonada), cantaba el bardo comunista chileno Víctor Jara sobre la intención de los “moderados”.

Antes de convertirse él también en un icono revolucionario, el Presidente Allende fue el objetivo de una izquierda radical que no creía posible ni deseable su “Revolución en la legalidad”. En 1968, dentro del respeto del derecho internacional, Allende había condenado, a diferencia de Fidel Castro, la intervención de las tropas soviéticas en Praga. Y con ello atrajo sobre sí los reproches de los comunistas ortodoxos.

Hace mucho tiempo que los moderados latinoamericanos se condenaron a la soledad. No son bastante radicales para la izquierda estalinista o romántica, pero son demasiado “rojos” para las juntas militares y los escuadrones de la muerte de la extrema derecha que los persiguieron y liquidaron sin piedad. Es larga la lista de los hombres políticos, los escritores o los periodistas, detenidos, exiliados, “desaparecidos” o asesinados porque eran opositores tanto más peligrosos porque eran moderados. Pedro Joaquín Chamorro, director del diario nicaragüense el Prensa, cerrado en 1978 por la dictadura de Somoza. Luis Carlos Galán, candidato liberal a la Presidencia, ejecutado por los narcos en 1989, en Bogotá. Monseñor Gerardi, obispo de Guatemala, masacrado por agentes de la seguridad militar en 1998. Y tanto otros.

En los cementerios latinoamericanos, las lápidas que los honran ya no mueven más que a las personas cercanas. Sus nombres, a menudo, se borran de la memoria colectiva, como si sólo hubiera lugar para los tiranos reaccionarios y los comandantes revolucionarios, para el general Videla y para Ernesto Che Guevara.

Sin embargo, los “moderados comprometidos” marcaron la historia del continente. No han sido cobardes ni se han dejado intimidar por la represión. No han sido blandos dispuestos a todos los compromisos. Radicales en su denegación de la dictadura, tenían una conciencia profunda de los peligros del mesianismo político y velaban por preservar el futuro de la democracia después de la caída de la tiranía. Luchaban para que el manual del rebelde o el “Diario de un motociclista” no se transformen, por la alquimia tóxica del poder absoluto, en un nuevo breviario autoritario.

Cuando el general Videla tomó el poder, en 1976, Raúl Alfonsín militaba en la Unión cívica radical, un partido heredero del “liberalismo de progreso”. No tenía la simpatía de la extrema izquierda, cuya obsesión militarista e intolerancia ideológica denunciaba. Pero cuando la Junta militar estableció su máquina asesina, defendió a las víctimas, sin exclusiones, y construyó así, poco a poco, esa cultura del Estado de Derecho sin la cual toda democracia se mutila.

El mundo olvidó a Raúl Alfonsín hace mucho tiempo. Algunos no quisieron acordarse más que de las concesiones que los militares obtuvieron mediante extorsión para garantizarse la impunidad o también, de la crisis económica - herencia de la dictadura - que señaló el final de su mandato. Pero en Argentina, 70.000 personas acompañaron su ataúd porque fue uno de los que, durante el tiempo de la dictadura, se atrevieron a afrontar riesgos para defender la libertad y el derecho. Porque, cuando la mayoría se callaba, se negó a rendirse y marchó a contramano.

Homenaje a la audacia de los “moderados”. Si a menudo han abordado con demasiada tmidez la cuestión crucial de desigualdades, contribuyeron por sus combates, por sus escritos, más allá de sus fracasos y sus inevitables debilidades, a componer la sinfonía universal de la libertad.