Por esta razón es que, hace unos años, no recibí con gran alborozo la noticia de que Marías se haría cargo de la última página de la revista El País Semanal, de la que soy lector habitual. En parte porque me había aficionado bastante a la pluma de Antonio Muñoz Molina, que escribió durante años en el mismo espacio, y en parte porque el estilo de Marías me parecía en los antípodas del escritor andaluz.Y conste que a ambos he dedicado mis lecturas en la mayor y más estricta igualdad de condiciones, ya que sólo leo El País Semanal en el cuarto de baño, lugar en donde mucha gente realiza a diario sus lecturas más provechosas, en momentos del día bastante predecibles y por espacio de unos cuatro minutos, que es la duración media de una estancia sedente saludable en aquella parte de la casa de uno.
Al cabo de unos años, qué duda cabe, la cosas han cambiado bastante. La lectura de "La Zona Fantasma", como se llama el espacio semanal de Marías, se ha vuelto un hábito bastante agradable, y casi tan necesario como el que lo propicia. Quizá porque he descubierto en él una cierta tendencia "extranjerizante", en el sentido de que a veces reniega, con razón, de ciertos tópicos hispanos que otros intelectuales han elevado a la categoría de auténticos mitos. Marías, en este sentido, es bastante particular y a mí me alegra que lo sea, porque lo más frecuente es leer y escuchar en estas latitudes alabanzas exageradas a los productos nacionales y denuestos igualmente exagerados a todo lo que provenga del extranjero.
Marías llega a ser tan particular que no tiene reparos en admitir que sigue utilizando las viejas máquinas de escribir, que no tiene correo electrónico y que no utiliza Internet.
En uno de sus últimos artículos, titulado "Una región ocultamente furibunda", Marías aborda el tema de los blogs y de los foros con un fino sentido crítico. No he podido menos que rendirme a sus argumentos, porque de alguna forma me siento identificado con su rechazo a ciertas formas de la "nueva comunicación digital", sobre las que he escrito profusamente en estas mismas páginas.
Dice Javier Marías: "Lo que más me ha desagradado, sin embargo, son los llamados blogs y foros, por algunos de los cuales me he dado un paseo. No entiendo que tantos escritores tengan un blog propio y le dediquen, por fuerza, numerosas horas de su tiempo, porque me parece equivalente a esto: uno va a un bar, se sienta a una mesa y habla de lo que sea, y a continuación está expuesto a que cualquiera coja una silla y le suelte a su vez su rollo o -con demasiada frecuencia- sus imprecaciones. O bien a esto otro: uno inicia una conversación telefónica particular, y cualquier individuo puede colarse en ella y opinar lo que le plazca o ponerle verde a uno. No sé, para mí sería una pesadilla tener que escuchar pacientemente a personas que no he elegido, y con las que en algunos casos no quisiera ni cruzar ni media palabra".
Prosigue el escritor: "¿Cuál es la gracia de estas tertulias escritas? ¿Ver que uno provoca reacciones? ¿Tener la comprobación inmediata de que lo que expone no cae en el vacío? ¿Llevar una vida "interactiva" (y perdonen el adjetivo)? Debe de haber mucha gente solitaria, o que aguanta la soledad -ese gran bien- pésimamente".
Más cerca de mis propias ideas, Marías agrega: "Pero lo que más me ha desagradado es el frecuente tono insultante de los comentarios y el veneno que a menudo destilan. Amparados en el anonimato cobarde de los llamados nicks, no hay asunto que no les merezca a unos cuantos blogueros toda suerte de improperios. No veo que se discuta ni argumente apenas, sino que más bien se lanzan denuestos y groserías como en las tabernas más zafias".
"Hay en este mundo, o eso parece, una desproporcionada cantidad de odiadores, o llámenlos negativistas, resentidos, amargados, venados. No tantos en los blogs o foros en inglés. En esa lengua la gente es más propensa a emitir sus opiniones, a discutir civilizadamente, a pedir una información o aportar otra interesante y útil. En los españoles, en cambio, veo una sobreabundancia de rabiosos y cabreados, de individuos a los que todo parece una mierda, o que dedican horas y horas a estudiar la obra de un autor, por ejemplo, con el solo ánimo de ponerla a caldo, en vez de abstenerse -como quizá sería lo lógico- de seguirla leyendo".
Concluye el autor diciendo "asomarse a esa inmensa taberna que son los blogs y foros de Internet, en España, le hace a uno tener la sensación de vivir en una región ocultamente furibunda, en la que más vale no entrar, si es posible".
Como nuestros lectores conocen perfectamente, quien esto suscribe viene luchando desde hace más de una década por acabar con el anonimato en las comunicaciones de Internet, por fomentar la responsabilidad editorial de los nuevos periódicos digitales y de los blogs para que se hagan cargo de los daños que provocan los comentarios injuriosos escritos por terceros (que muchas veces son ellos mismos) y por dotar a la comunicación digital de una mayor transparencia.
Internet ha puesto de manifiesto la existencia de millones de cobardes que son capaces de escudarse en el anonimato para hacer o decir cosas que no serían capaces de hacer a cara descubierta. Ésta es una deformación que los ciudadanos no deben fomentar ni aplaudir, porque a medida que aumentan los insultos, las injurias, las mentiras y las descalificaciones gratuitas, no sólo crecen los niveles de disenso en una sociedad, sino que se van degradando los canales de comunicación que se utilizan para estas prácticas.
Digo esto, entre otras cosas, porque hay cierto personajillo que anda buscándome las cosquillas con un éxito más bien nulo. Puede seguir haciéndolo hasta que -como el sargento Godoy- se quede sin huellas digitales o sin teclas en su teclado, cualquiera sea lo que primero ocurra, que nunca obtendrá una respuesta mía, por lo menos en Internet. Para corregir ciertas burradas están los jueces y los tribunales de justicia; pero como el personaje en cuestión -a pesar de su mala baba- circula por la vida sin hacer gala de un especial talento para injuriar, el que tenga noticias mías a través de una querella se antoja una posibilidad muy lejana, aunque no imposible.
Hay, como dice Marías, personas con las que "no quisiera ni cruzar media palabra" y las que "sería una pesadilla tener que escuchar"; y sigo sin ver por qué Internet tiene que abrir las puertas a individuos del tipo de aquellos que si los ves por la mirilla de la puerta de tu casa asomando por el zaguán empiezas a echar los cerrojos. Como Marías, puedo llamarlos "odiadores, negativistas, resentidos, amargados o venados", pero me quedo con lo de "venado".