El insulto radiofónico en Salta y en otras latitudes

Federico Jiménez Losantos es un periodista español que, desde hace algunos años, viene revolviendo el panorama radiofónico de este país desde los micrófonos de la Cadena COPE, una red de emisoras de alcance nacional, propiedad de la Conferencia Episcopal Española. Federico Jiménez Losantos, locutor de la COPELa fama de Losantos -que no su popularidad- ha crecido exponencialmente durante el pasado año, no tanto por el éxito de su programa matinal ni por lo atinado de sus opiniones políticas, sino por la curiosa coincidencia de haber acumulado, en solo un año, tres sentencias condenatorias por injurias e intromisión indebida en el derecho al honor de tres conocidas personalidades de la vida pública española.

Losantos ha visto como en menos de un año, los jueces de este país lo condenaban a penas varias por los insultos que desde las ondas episcopales lanzó contra el alcalde de Madrid Alberto Ruiz Gallardón, el escritor y académico Juan Luis Cebrián (fundador del diario El País y su primer director) y contra el director del influyente diario ABC José Antonio Zarzalejos.

El perfil del programa de Losantos se parece bastante al de algunas radios salteñas, en el que la injuria ha tomado el relevo del rigor periodístico y las "campañas" políticas han reemplazado la objetividad en el seguimiento de la actualidad.

Tampoco está muy lejos el perfil ideológico de Losantos del que, a duras penas, intentan disimular algunos comunicadores salteños. Tanto en uno como en otro caso, la ideología sirve -más que nunca- para esconder carencias formativas e intelectuales profundas.

Quizá la única diferencia entre el uno y los otros se encuentre en la mayor propensión del primero al uso del lenguaje escrito (durante años fue columnista de ABC) y la marcada agrafia de los segundos, a la que debe sumarse también su preocupante alexia, puesta de manifiesto en una costumbre muy difundida entre los comunicadores del lugar: la de subrayar párrafos del diario cual si fuera un libro de Foucault o la propia Biblia.

El mensaje es muy claro: Si usted es de los que ama subrayar el diario local, es hora de volver a la Universidad o de apuntarse a un taller literario.

Pero volviendo al caso español, hay que recordar que Losantos ha llegado al extremo de pedir públicamente la abdicación del rey don Juan Carlos y ha intentado pilotear, sin éxito, un campaña mediática encaminada a lograr este propósito.

Más allá de estas analogías, que son muy evidentes, el caso es que los jueces españoles parecen decididos a declarar, cuantas veces sea necesario, que el derecho a expresarse con libertad tiene un límite claro e infranqueable en el derecho al honor de las personas. En otros términos, que el derecho al honor es jurídicamente más valioso que el derecho a la libertad de expresión. Sin atenuantes.

Los jueces españoles (bastante menos sospechosos de recibir influencias de los poderes fácticos, como en Salta) están señalando, sin vacilaciones, un camino y éste no es otro que el de una crítica política y social que se detenga frente al derecho de las personas, públicas o privadas, a su honor y a su propia imagen.

Algunos seguramente recordarán dos sonados casos de periodistas condenados en Salta por haber supuestamente levantado calumnias contra dos personajes públicos. Sin ánimo de entrar a valorar estas condenas, ninguna de ellas firme, lo cierto es que ninguno de estos dos procedimientos puede ser comparado con lo que está sucediendo en España, no sólo por el nivel de pluralismo informativo de que gozan uno y otro espacio, sino también por el nivel de independencia del poder judicial y hasta por la naturaleza de los delitos enjuiciados (calumnias, en el caso salteño, injurias e intromisión indebida en el derecho al honor, en el caso español).

Entre los intereses de coyuntura, los proyectos de corto alcance de ciertos personajes políticos de estatura más bien modesta y un apetito mercantil a escala del mercado en el que se desenvuelven las emisoras, el mundo radiofónico de Salta parece llamado a estimular la crispación política, a anular la reflexión y crear verdades absolutas desde la ignorancia más profunda del mundo.

Es evidente que no son los jueces los que deben corregir esta deriva, sino, en cualquier caso, los propios escuchantes y aquellos comunicadores que, por su nivel formativo, sean capaces de alejarse de la banalidad para ofrecer a la sociedad un mensaje transparente, con un lenguaje de calidad y un tono que propicie el consenso y reduzca correlativamente los niveles de enfrentamiento político o ideológico.

Hubo una época en la radio, como medio culto por excelencia, estaba vedada a ciertos "lenguas mota", sin que por ello nadie hablara de discriminación ni de cosa parecida. Va llegando el tiempo en que la radio, si quiere sobrevivir, deberá pensarse seriamente si seguir abriendo el micrófono a ciertas "mentes motas"; aquellos que nos demuestran a diario cuán duro es el oficio mental de aquel al que "no le llega el agua al tanque".