Pero el señor Kalinsky no se ha detenido en la muy grave acusación de xenofobia, sino que ha dicho también que la actitud de Cornejo puede ser calificada de "fascista" y de "disparatada". Por si esto fuera poco, en tono suavemente amenazador, el funcionario recordó que, por el mismo motivo, ha iniciado lo que él llama "un juicio criminal" contra miembros fundadores de la ONG salteña Red Sol, proceso en el cual el planificador municipal habría logrado, como gran conquista, que el juez trabara un embargo preventivo de 130.000 pesos "sobre los bienes de varios de sus miembros".
Esta información tiene como fuente al Nuevo Diario de Salta, medio que reproduce unas declaraciones del señor Kalinsky en las que deja entrever que le disgusta profundamente que se ponga en entredicho su integridad "por el hecho de no haber nacido en Salta".
Es muy evidente, que el no haber nacido en Salta no constituye ningún desdoro ni es una circunstancia que invalide en absoluto el desempeño de un cargo público. En este punto la lógica del señor Kalinsky es irrebatible.
Pero de su propio discurso se puede inferir que -haya nacido en Salta o en Cracovia- al planificador urbano municipal le molesta, en una cierta medida que intuimos muy elevada, la predisposición que tienen los salteños hacia la conservación de su patrimonio arquitectónico y urbanístico, o, tal vez, su forma de defenderlo. Si le dieran a elegir, el planificador no lanzaría acusaciones de fascismo ni se enzarzaría en querellas criminales; simplemente, preferiría que en Salta no existieran ni la Comisión de Preservación del Patrimonio Histórico y Urbanístico, ni organizaciones civiles en pie de alerta frente a los atropellos que se van concretando y los que se anuncian para el futuro.
Es decir, que no le molesta tanto que los salteños "sean como son", sino más bien que no le dejen ejercer sus tareas del modo caprichoso que pretende. Lo que quiere es tener las manos libres y que se le critique lo menos posible.
Una buena estrategia política y mediática para lograr este antidemocrático propósito consiste en darle la vuelta a la tortilla argumental, y el señor Kalinsky lo ha intentado, procurando mostrar a los salteños como intolerantes y xenófobos, cuando lo más probable es que todo sea al revés. Es decir, que -por los motivos citados en el párrafo anterior y por otros- sea el señor Kalinsky el que no se sienta a gusto entre los salteños, el que los desprecie, los discrimine y los ignore, hasta el punto de llevar el debate al siempre desagradable extremo de "o ellos, o yo".
Desde luego, no es Kalinksy ni el primero ni el único "funcionario foráneo" que ha tenido Salta. En la década de los 70, tras ser intervenido el gobierno de Ragone, desembarcó en Salta un "cayuco" con un centenar de cordobeses "de elite" que miraban a los salteños y a "lo salteño" por encima del hombro. Así les fue.
Más cerca en el tiempo, encontrará el planificador un magnífico ejemplo de "integración" en la figura de don Jorge Vidal Casas, cordobés de ascendencia árabe, que a fuerza de desearlo, hoy es más salteño que muchos de quienes lo rodean. Querer para ser querido, que le dicen.
Pero como todo mundo comete fallos, en las declaraciones de Kalinsky se han filtrado algunos elementos freudianos que dejan patente los términos en que está planteada la cuestión. Dice el planificador municipal que "lo que importa es la profesionalidad y la honestidad del funcionario, no su lugar de nacimiento". ¡Ésa es la cuestión, precisamente! Acierta otra vez el señor Kalinsky, y esta vez de pleno.
Con este arrebato de brutal sinceridad, el planificador no ha hecho otra cosa que verbalizar un tremendo peso inconsciente, y decirnos, más o menos, que a él no le duele que "lo discriminen" por no ser salteño, sino que le molesta y mucho que "los salteños -esos seres inferiores- se erijan en jueces de su profesionalidad y de su honestidad". Y está en lo cierto: quienes descreen profundamente de que está "planificando bien" no piensan que sus errores se deban a su lugar de nacimiento, sino más bien a la falta de aquellos atributos que él mismo, y sin que nadie se lo pidiera, ha enumerado.
Ningún funcionario que trabaje para demostrar su idoneidad y su honradez (que vienen ya presupuestas en el decreto de designación) logra alcanzar los objetivos de gestión. Suelen anteponer su orgullo personal al servicio público, y en las cuestiones personales agotan su energía.
Las comparaciones que efectúa el señor Kalinksy en sus declaraciones, también se vuelven en su contra. Sostiene el planificador que, con el criterio xenófobo de Cornejo, el tucumano César Pelli "no podría haber realizado correctamente las famosas torres petronas de Kuala Lumpur". El problema, desde luego, no es éste. El problema es que el señor Kalinksy, que se sepa, no es César Pelli, porque, de serlo, hace rato que los salteños nos hubiésemos enterado.
A muchos de los que cuestionan el buen hacer y el buen saber del planificador les gustaría saber qué sería capaz de lograr el señor Kalinsky en Kuala Lumpur, y no tanto en la calle Florida de Salta. Quizá si lo supiéramos a ciencia cierta, encontraríamos una explicación al hecho de que el señor Pelli tenga un magnífico estudio en Connecticut, en los Estados Unidos, y el señor Kalinsky, en cambio, tenga su oficina en los confines del río Arenales de Salta.
Lo que agravia a los salteños
No es la "extranjería" de Kalinsky lo que molesta a los salteños. Todos los razonamientos apuntan a poner en duda su falta de compromiso con los valores y los tradiciones de esta tierra. Si los salteños no fuesen amplios y generosos en este aspecto, no podrían haber sido gobernados por un marino militar nacido en Pigüé, como el señor Ulloa, que tras gobernarnos volvió a vivir a su tierra. No se trata tanto del modo en que los salteños tratamos al forastero, sino cómo éste se comporta con nosotros.
Los salteños tienen derecho a dudar de que el señor planificador municipal pueda estar llevando adelante una política de salvaje atropello de nuestras mejores tradiciones urbanísticas, a sabiendas de que su total falta de arraigo, profesional, familiar o afectivo, la ausencia comprobada de una mínima affectio terrae, hará que nadie pueda pedirle cuentas, ni a él ni a sus descendientes, por obras o por decisiones, cuyo alcance temporal excede la vida funcionarial, política y biológica de este buen señor.
Lo que hace chirriar los goznes de la salteñidad no es el lugar de nacimiento del señor Kalinsky sino su falta de conexión con la sociedad, su falta de tacto al plantear el tema como una batalla entre "los salteños y él", su escasa predisposición a escuchar (y no digamos ya al trabajo colaborativo) y su obsesión en poner por delante sus hasta ahora no probados méritos profesionales y su honradez personal, relegando a a un segundo plano algunas tonterías como la eficacia y el acierto en la gestión.