Nuestra otrora enclenque economía, lastrada por el precio irrisorio de los productos agropecuarios, por los costos del transporte y por la abulia de antiguos terratenientes, ha despertado vigorosa de la mano de sus hidrocarburos, de sus minerales, de sus campos y de sus vacas. También de la mano de sus nuevas generaciones de emprendedores y de trabajadores. Mientras que en 1999, antes de la mega crisis que concluyó en la salida de la convertibilidad, Salta exportaba productos por valor de 338 millones de dólares, las cifras de 2007 muestran que hemos vendido al exterior bienes por valor de 983 millones de la misma moneda.
Cabe advertir, no obstante, que la rentabilidad social de este auge exportador, de este buen hacer de nuestros empresarios, resulta harto insuficiente a tenor de la magnitud de los desequilibrios humanos y territoriales que hacen de Salta una sociedad fragmentada.
Tal insuficiencia tiene mucho que ver con la resignación con la que el Gobierno de la Provincia afronta las políticas nacionales que dañan nuestras regalías (además de los precios de nuestros hidrocarburos) y aquellas otras medidas nacionales que han dado muerte al federalismo fiscal, como es el caso de las retenciones.