
De vez en cuando los lectores se encuentran en los diarios con determinadas noticias que se hallan a mitad de camino entre lo positivo y el ridículo; como por ejemplo la que ha publicado ayer el diario El Tribuno de Salta y que dice que un grupo de mujeres fabricará trapos de piso en la localidad de Los Toldos.
Por supuesto que es una muy buena noticia que personas que enfrentan dificultades de inserción en el mercado de trabajo puedan encontrar una ocupación rentable y productiva. Sobre todo cuando se trata de mujeres.
Pero lo que debería ser un motivo de alegría y una llamada al optimismo, se convierte en todo lo contrario cuando quien comunica la noticia -en este caso no el diario sino el gobierno provincial- utiliza palabras y conceptos difíciles de enunciar y más aún de comprender, para describir una realidad muy simple... tan simple como un trapo de piso.
Lo positivo se torna entonces ridículo cuando para llegar al resultado de una fábrica de trapos de piso (que no es precisamente una planta de montaje de los últimos procesadores de los iPhone XS) el gobierno y sus socios han empleado técnicas tan sofisticadas como las de «relevamiento etnográfico» y de «mapeo de actores sociales».
Cualquiera se puede imaginar que utilizando este approach tan complejo (y sospechosamente racista) lo menos que se podría conseguir instalar en los toldos es una central nuclear, no una fábrica de trapos de piso.
Pero si lo miramos del lado de los protagonistas -quitando a las mujeres de Los Toldos, que se merecen un buen trabajo y todavía mucho más- el asunto todavía es más ridículo; pues saber que detrás del «relevamiento etnográfico» y del «mapeo de actores sociales» se encuentran instituciones como el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo y la Cancillería argentina parece una tomadura de pelo y suena a experimento internacional con poblaciones vulnerables.
Todo ello, claro está, bajo la parpadeante coordinación de la señora Subsecretaria de Políticas de Género del gobierno de Salta, una funcionaria que ha brillado y brilla más por su irreductible militancia feminista que por el acierto de sus decisiones.
Es llamativo que el gobierno provincial, en vez de darles a las mujeres de Los Toldos clases técnicas para la mejor y más económica fabricación de trapos de piso, les haya impartido un seminario-taller sobre perspectiva de género, entendido en este caso el «género», no como el material de que estarán hechos los trapos, sino como el oscuro objeto del deseo de la señora subsecretaria.
Partidarias y practicantes de la igualdad a ultranza, las feministas enquistadas en el gobierno de Salta (en el que, por cierto, disfrutan de generosos sueldos) distinguen entre «vecinas» y «referentes sociales», como si, antes de identificarlas, la misma subsecretaria les hubiera impartido un curso de referencia social, para diplomar a unas y asignar a las otras a un escalón inferior de la consideración social.
Pero mejor no quejarse, porque esta estratificación entre mujeres puede que sea el resultado de los estudios científicos de «relevamiento etnográfico» o de «mapeo de actores sociales».