
Todo lo bueno que en poco tiempo ha conseguido Lucrecia Martel en la arena política puede que se haya desvanecido ayer, tras su reunión con el Gobernador de la Provincia de Salta, Juan Manuel Urtubey.
En un camino sembrado de minas antipersona, como el que se ha propuesto recorrer la cineasta, si algo no le hacía falta era hacer causa común con personas de mil caras. Pocos aliados tan fiables, como aquel que hasta hace poco se declaraba enemigo número uno del aborto legal y que hoy lo aplaude, por razones puramente electoralistas.
Es impensable que en su obsesión por captar adeptos para su causa, Martel se haya olvidado que el hombre con quien compartió ayer sonrisas y complicidades fue el autor del Decreto 1170/2012, que erigió, bajo la forma de un protocolo administrativo obligatorio, unos obstáculos insalvables para la práctica de los denominados abortos no punibles, pocas horas después de que la Corte Suprema Justicia de la Nación hubiese confirmado la constitucionalidad del artículo 86 del Código Penal argentino.
Solo después de seis años y no poca presión social, el mismo Gobernador se decidió a derogar aquel decreto, consciente que durante su larga y contestada vigencia, muchas mujeres (entre ellas, muchas niñas) no pudieron ejercer su derecho por las trabas que su protocolo les interpuso.
Es oportuno preguntarse si a Martel, que se presenta ante la sociedad credenciales como portadora de una sinceridad sin dobleces ni zonas de penumbra, le conviene este tipo de simpatías o si su lucha se dirige precisamente contra esa rocosa estructura de poder tradicional, si no fundada, al menos sostenida por el hombre que hoy dice apoyar abiertamente una causa que negó con fiereza durante los últimos años.
Si Martel ha sobresaltado la quietud provinciana con su afirmación de una «Salta plural y diversa», solo ella debe saber qué beneficios podría reportarle a su postura y a sus reivindicaciones esta reunión con quien, hasta poco antes de que la Corte Suprema de Justicia sentenciara el asunto de la educación religiosa, decía que Salta era una sociedad de costumbres inamovibles e incontestables.
Si Martel se rinde muchos lo lamentarán, pero habrá otros muchos más dispuestos a seguir su lucha sin transigir con el poder y con quienes aparecen como responsables primarios de los males que ensombrecen la vida de las mujeres y de cualquier otro ser humano vulnerable en Salta.