
No se sabe con exactitud cuántos sucesos tremendos tienen que acaecer todavía en la Argentina para que algunos de sus ciudadanos se dé cuenta de que el endurecimiento de los castigos penales, la prisión preventiva express y la política de mano dura de los últimos años no han conseguido disminuir en lo más mínimo la inseguridad y el número de delitos graves.
Al contrario, lo que el estudio de este periodo histórico deja muy claro es que mientras los delitos han aumentado en número y gravedad, las libertades públicas han retrocedido de una forma preocupante. Por supuesto, es legítimo bramar por la inseguridad, pero mucho más legítimo, desde cualquier punto de vista, es reclamar por el respeto de las libertades. Y las dos cosas son muy difíciles de tener al mismo tiempo.
A pesar de que las facultades de policías, fiscales y jueces llegan al extremo de poder encarcelar a alguien solo porque otro lo ha señalado en la calle como un pedófilo de vieja data (es decir, sin que medie denuncia previa y sin que se asista a la comisión de delito flagrante), hay personas que siguen exigiendo que la respuesta penal del Estado sea lo más dura posible.
Estas personas, por lo general, no piensan tanto en las víctimas de la inseguridad sino en ellos mismos, como víctimas en potencia. Es decir, es un reflejo de autoprotección sin solidaridad.
Si ya es lamentable que a ciertas personas les importe muy poco las libertades o los dramas que viven las víctimas o sus familiares, mucho más lamentable es que quien reclame el máximo rigor punitivo sea un sacerdote de la iglesia católica.
Si algo se espera de la Iglesia y de sus miembros es un mínimo de piedad y misericordia con los seres humanos que sufren. En este caso, con las víctimas.
Pero también con los victimarios, pues la Iglesia debería preocuparse porque a los que cometen delitos se les aplique la ley tal cual está, y no que se les arranque las uñas, se les hundan los ojos o se les amputen los miembros.
El Libro del Éxodo describe la naturaleza y la bondad del Creador en estos términos: “Dios de amor y de gracia, rico en ternura y en fidelidad” (Ex 34, 6). Pero si Dios es amor y ternura, ¿por qué algunos de sus seguidores oficiales son partidarios de la aplicación de las leyes más duras y crueles?
Son los sacerdotes cristianos, precisamente, quienes tienen que abogar por una interpretación y una aplicación más humana de las leyes. Son los curas -incluidos los villeros- los que tienen que poner en práctica el amor y la gracia y persuadir a las personas a vencer el mal practicando intensamente el bien y no refugiándose en el Código Penal.