Cuando Zottos encabeza las procesiones, los santos se quedan pequeños

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El antiguo y piadoso pueblo de San Carlos, del que supo ser cura párroco el italiano Generoso Tartaglia, vivió el pasado fin de semana otra edición más de sus fiestas patronales, dedicadas a otro italiano -Carlos Borromeo- sacerdote reformador que vivió en el siglo XVI.

Como todos los años, la imagen del santo fue sacada en procesión por las calles del pueblo, bajo la égida del Vicegobernador de Salta, que además ostenta el título oficioso de obispo emérito de los Valles Calchaquíes, don Andrés Zottos.

Al igual que lo que sucediera dos meses atrás en Campo Santo, cuando unos gigantescos y antiestéticos muñecos inflables del PAMI empequeñecieron a las sagradas imágenes del Señor y de la Virgen del Milagro, con las que compartieron palco y reverencias, en San Carlos se vivió otra situación cercana al sacrilegio.

No nos referimos a la presencia de Zottos, que con su altura y con sus canas todo lo engalana y santifica, sino a la descomunal pancarta con la imagen del papa Francisco, que dejó al pobre Carlos Borromeo -verdadero destinatario de las honras- perdido en el horizonte.

Está bien que Francisco y Carlos (el Santo) sean los dos reformadores de la Iglesia, pero desde el punto de vista de la ortodoxia del rito procesional (materia que Zottos domina a la perfección) no correspondía colocarlos a la misma altura.

Menos aún se explica la presencia de la señora de saco azul, que sigue la procesión sentada en una especie de trono cívico debajo de la pancarta con la cara del Papa. Tal vez a Zottos se le han mezclado los storyboards de las procesiones patronales y el desfile de carrozas en la elección de la Reina de la Tercera Edad, en la que el Vicegobernador interviene con el mismo fervor que pone en las celebraciones religiosas.