Los salteños están insatisfechos con la forma en que son gobernados

¿Está Urtubey realmente preparado para ejercer el poder?

La pregunta -y obviamente, su respuesta- no tiene nada que ver con la legitimidad del señor Urtubey para ejercer el gobierno de Salta. Es decir, no está relacionada ni con la pureza del título jurídico que lo respalda ni con los niveles de obediencia o de aceptación de su ejercicio por parte de los gobernados.

A pesar de su engañosa formulación, la pregunta está más orientada a examinar los cambios que ha experimentado el objeto (el poder), en relación con la aptitud del sujeto (Urtubey), que a buscar explicaciones posibles para una hipotética pérdida de la legitimidad de ejercicio.

La reflexión que sigue ha sido propiciada en buena medida por una frase de ese genial creador de paraísos veniales que es el presidente de la Cámara de Diputados de Salta, don Santiago Godoy Senior, que ha dicho recientemente algo así como que nuestra Provincia ha salido indemne de la reciente ola de inseguridad y de saqueos «gracias a los reflejos del gobernador Urtubey».

La primera cuestión que plantea este peculiar enfoque es la siguiente: ¿Desean los salteños tener un gobernador con reflejos -una especie de arquero que se tira para el lado correcto cuando viene el penal- o preferirían un gobernador menos intuitivo y veloz pero capaz de anticipar racionalmente el futuro y de tomar con serenidad y aplomo las decisiones correctas?

Lo que parece evidente -porque así lo dicen a gritos las urnas y las redes sociales- es que los salteños están insatisfechos con la forma en que son gobernados. Tal vez no sea éste un problema exclusivo de Urtubey, pero ahora mismo le afecta a él como quizá a ningún otro y es él quien tiene el deber de resolverlo.

Pero ¿está realmente capacitado para hacerlo? He aquí el quid de la cuestión.

Urtubey lleva seis años redondos gobernando Salta, y al cabo de este tiempo se advierte un fenómeno paradojal: por un lado, el Gobernador ha acumulado un poder extraordinario, rayano en la autocracia más absoluta, y, por otro lado, su poder es, en términos globales, mucho menos efectivo (consigue menos cosas) que hace seis años.

En términos un poco menos globales, Urtubey «puede», como quizá nunca pudo ningún Gobernador de la Provincia, pero al mismo tiempo es uno de los gobernadores que menos respuestas es capaz de articular para solucionar la creciente variedad y cantidad de problemas colectivos, y, sin dudas, es uno de los que más «insurgentes» ha debido enfrentar.

Es verdad que Urtubey puede presumir del hecho de que, bajo su gobierno, han mejorado globalmente los principales indicadores socioeconómicos; es decir, de que en Salta se vive un poco mejor de lo que se vivía hace 15 años. Pero lo que habría que revisar es la idea de que esta mejoría se debe al buen hacer del Gobernador, habida cuenta de que los indicadores que miden el desarrollo humano han venido mejorando de forma sostenida en los últimos tres lustros, en casi todos los espacios del planeta, incluso en aquellos regidos por dictaduras o castigados por gobiernos ineficientes.

En otras palabras, que no se puede negar que Salta ha crecido y ha mejorado en salud, en educación, en alimentación, en mortalidad infantil, en igualdad entre sexos, en integración de territorios o en esperanza de vida; pero que al mismo tiempo asistimos a una gran paradoja: aun con aquellos datos sobre la mesa, se percibe en los salteños una gran insatisfacción por la forma en que son gobernados; un deseo vehemente de cambio en la forma de ejercicio del poder, un cambio profundo en la política.

Es aquí donde cobra su verdadero sentido la pregunta que da título a estas reflexiones: ¿Realmente Urtubey está bien preparado para ejercer el poder político conforme a las nuevas exigencias que surgen de los cambios sociales y las demandas ciudadanas?

La respuesta es sumamente dudosa, porque de lo que no caben dudas es de que Urtubey es -a pesar de su juventud- un político antiguo, formado en moldes ideológicos del siglo XX. Un «operador» que ha sido minuciosamente preparado -se podría decir que 'programado'- para ejercer ese poder monolítico y autoinmune cuyas bases doctrinales y jurídicas se sentaron allá por 1983.

Desde este punto de vista, no se puede negar que Urtubey está dotado, quizá como ninguno, para el arte de la conspiración, para las operaciones de corto alcance y resultados inmediatos, para el combate dialéctico bilateral, para una sociedad dócil, para un mundo bipolar, para un enfrentamiento ideológico propio de los tiempos de la Guerra Fría.

Pero muy poco preparado para un escenario caracterizado por el distanciamiento ciudadano de las instituciones y el escepticismo creciente en la política; un escenario en el que cada vez aparecen más actores diferentes y con intereses más divergentes. Grupos, individuos, corporaciones o, aun, colectivos difusos como los que se reúnen circunstancialmente en las redes sociales, con una aguda capacidad para detectar de inmediato y denunciar con la misma rapidez los errores del gobierno y con una disposición plena a oponerse a su poder, pero no ya con los viejos argumentos y por los canales tradicionales, sino a través de formas cada vez más novedosas de expresión y de acción.

Dicho en términos más comprensibles, Urtubey está muy bien preparado para hacer frente a El Tribuno y para desmentir con hechos o con argumentos las principales falacias de su línea editorial; está igualmente preparado para bloquear con éxito los intentos de avanzar hacia un sistema judicial independiente, para construir a golpes de chequera una coalición de Intendentes sumisos al poder central o para desbaratar desde dentro y desde fuera a los demás partidos políticos; pero muy poco preparado está para enfrentar la creciente multiplicación de demandas sociales, para la aparición de grupos organizados fuera de los circuitos tradicionales de la política, para la irrupción de nuevos rivales, de variados competidores, que si bien no tienen posibilidad alguna de gobernar sí disponen de una alta capacidad de veto y de cierta influencia para imponer su agenda.

El poder, como lo entiende y ejerce Urtubey, tiene ya enormes dificultades para lidiar con una sociedad en cuyo seno circulan más rápidamente las personas, los bienes, la información y las ideas. La red de impunidad que blinda el ejercicio del poder por parte del Gobernador de Salta y su círculo áulico no parece ya suficiente, ni para gobernar de una forma eficaz y provechosa, ni para garantizar un paso relativamente tranquilo por las responsabilidades públicas. La causa de este deterioro del poder tradicional y de su creciente fragmentación parece hallarse en una silenciosa revolución, de difusión global, que está afectando de forma singularmente intensa a la mentalidad de los salteños y reformulando, acelerada y profundamente, sus aspiraciones, sus valores y sus expectativas.

Urtubey podrá -con suerte- gobernar seis años más, pero su poder, que ya ha perdido mucha, tendrá cada vez menos eficacia a medida que la evolución de la sociedad permita a los individuos y a los grupos disponer de más recursos, de más información, de más educación y de mayores posibilidades de expresarse libremente y de actuar de forma concertada. La «sociedad dócil», muchas veces asociada con la idiosincrasia profunda de los salteños, la opinión pública modelada conforme a las necesidades del poder y los «electorados cautivos», forman parte ya de la historia.

Para volver al comienzo de esta reflexión, parece muy claro que un Gobernador que solo exhiba sus «buenos reflejos»  y demuestre una cierta habilidad para construir escudos y barricadas alrededor del poder no es lo que Salta necesita para resolver sus principales problemas colectivos, para diseñar el futuro de una forma inteligente y, especialmente, para enfrentarse al amanecer de una era de profundas innovaciones políticas.

Dos datos de la realidad salteña confirman este aserto: el primero, la creciente insatisfacción colectiva y la alarmante fragilidad del entramado social puestas de manifiesto en la protesta policial y en el estallido de violencia y pillaje callejero de los últimos días; el segundo, la muy pobre respuesta del gobierno a la adversidad electoral, al desperdiciar una buena ocasión para rectificar rumbo llevando a cabo una remodelación interna de espaldas a la realidad y a las necesidades actuales de los salteños.

Urtubey piensa que bajando la edad promedio de sus colaboradores el gobierno gana en frescura, en agilidad y en modernidad. Pero se equivoca. La preferencia por la juventud, sobre todo cuando viene acompañada de un desprecio por la experiencia y la capacidad, no garantiza una mejor sintonía con los tiempos sino más bien todo lo contrario. Un equipo de jóvenes conservadores y reaccionarios, con escasa preparación técnica y nula experiencia política, puede provocar auténticos estragos sociales, y en muy poco tiempo.

El Gobernador de Salta debe, a mi juicio, revisar urgentemente su relación con el poder. A él, quizá más que a nadie, le es hoy aplicable aquella genial frase de Norman Mailer que dice que «hay una ley de vida, cruel y exacta, que afirma que uno debe crecer o, en caso contrario, pagar más por seguir siendo el mismo».

Para crecer y no pagar esos altísimos precios, y, sobre todo, para no hacérselos pagar a todos los salteños, el Gobernador debe analizar minuciosamente la nueva configuración de la sociedad y tener en cuenta la velocidad a la que se están produciendo los cambios. Debe realizar el esfuerzo de reorientar su poder -que es cuantioso pero ineficaz- y forzar su tránsito desde el blindaje de su propia impunidad hacia la toma de las decisiones que sean necesarias para que el Estado no quede atrapado en la maraña de restricciones y bloqueos que proponen aquellos grupos que tienen cada vez más voz y presencia. A partir de ahora, el gran desafío del poder es evitar que estos factores conduzcan a una parálisis democrática que termine anulando la libertad y negando el efectivo ejercicio de los derechos.

En definitiva, que si la sociedad salteña aspira a beneficiarse de los cambios que están ocurriendo en el mundo y no desea rifar alegremente su futuro, las soluciones parecen ser solo dos: o el gobierno implanta, para mantener el statu quo, lo que Carlos Taibo ha llamado «darwinismo social militarizado»  (algo de lo que el gobierno de Urtubey no parece hoy por hoy demasiado lejos), o acomete una reforma política profunda que, en cualquier caso, deberá comenzar por impedir que los Gobernadores acumulen el poder extraordinario del actual y seguir por garantizar que el poder limitado se ejerza de forma democrática, abierta, participativa, plural y transparente, asegurando al mismo tiempo su supremacía sobre el creciente poder de los grupos y su efectividad para solucionar los principales problemas colectivos.