Juan Manuel Urtubey nunca ejerció la oposición contra Juan Carlos Romero mientras este fue Gobernador de Salta (1995-2007). Todo indica que tampoco la ejercerá en un hipotético cuarto mandato de Romero (2015-2019). La probabilidad de que Romero gane las próximas elecciones no inquieta en lo más mínimo a Urtubey.
Por varias razones: la primera, desde luego, su profunda afinidad con quien fuera su jefe y mentor político durante casi dos décadas; la segunda, su ciega obsesión por el poder, que le impedirá asumir el rol de jefe de la oposición y lo empujará a escribir la segunda parte del encomiástico y nauseoso libro Sembrando progreso: claves del desarrollo de Salta.
Probablemente si Urtubey no hubiera dedicado sus ocho años de gobierno a destruir a la oposición y a rebajarla a un rango institucional y político infame, la posibilidad de ejercer de jefe de los opositores a Romero podría llegar a despertarle alguna ilusión. Pero, hoy por hoy, ser opositor en Salta es no ser nadie y Urtubey, que consulta cada noche con el espejo de la madrastra de Blancanieves, sigue convencido de que ha nacido para ser «alguien».
A diferencia de la espantada de 2008, que llevó a algunos wayaristas convictos y confesos como Santiago Godoy (padre), Pablo Kosiner o Guillermo López Mirau a sumarse con cierto retraso a las filas de Urtubey, los pequeños dirigentes que hoy acompañan la opaca gestión del Gobernador de Salta tardarán un poco más en formar parte de los «cuadros orgánicos» del nuevo romerismo en ciernes.
Ese puñado de jovencitos, que ha hecho de la injuria a Romero su razón de ser en la política, se encuentra en estos días pegado a la calculadora, porque su futuro económico se halla seriamente amenazado. Una mala performance electoral del jefe Urtubey o una manipulación deficiente del voto electrónico puede volver a colocar a Romero en el más alto sitial de la política lugareña. Y para esa eventualidad hay que estar preparados.
Algunos son partidarios de estrechar el cerco judicial al exmandatario. Otros -ya se ve con claridad- están moderando el discurso y desempolvando los viejos retratos, porque saben o se imaginan que Romero no comulga con ciertas líneas del Evangelio y que, por tanto, no admitirá en su futuro círculo áulico a quienes no acrediten pureza de sangre romerista.
Urtubey es quien mejor colocado está para aspirar a ser diputado nacional o superministro. No solo porque es quien mejor conoce los entresijos de la administración provincial sino porque es quien mejor habla y descodifica el misterioso lenguaje de Romero. Además, los negocios y los intereses familiares (sobre todo después del crecimiento exponencial que han tenido en los últimos años) no pueden ni deben quedar librados al azar y necesitan del auxilio tutelar de Romero.
La vieja sintonía entre el joven católico encantador de señoras mayores y el «sembrador de progreso» no se ha perdido en absoluto, por más que algunos fiscales se empeñen en hacer aparentar lo contrario.