
En declaraciones que hoy publica la agencia oficial de noticias Télam, el Gobernador de Salta y candidato a Presidente de la Nación, Juan Manuel Urtubey ha dicho que para reducir la inflación en la economía argentina «hay que apostar a acelerar la producción de bienes para que sea mayor a la demanda, una regla básica de la economía que te detiene la inflación pero para eso necesitas una economía que crezca aunque para crecer necesitas inversiones que no llegan por la falta de certezas».
Aunque para un político como él sea recomendable hablar casi siempre en términos simples y comprensibles, cuando se trata de medidas económicas, la complejidad de la materia aconseja no proponer soluciones sin explicarlas mínimamente; es decir, no es prudente salir a los medios a decir cosas como «si nuestro problema es combatir el frío la solución es que haga calor».
Por este motivo es que decir que la inflación se «detendrá» (es decir, experimentará no un retroceso sino un súbito frenazo) mediante la «aceleración» (un aumento sustancial en el corto plazo) de la producción de bienes «para que [la oferta] sea mayor a la demanda» no es tanto un error económico sino una irresponsabilidad política mayúscula, impropia de una persona que aspira a gobernar la economía de un país.
El nivel de precios está determinado por la relación entre la oferta de dinero en la economía y la oferta de bienes y servicios. El valor del dinero se mide en términos de la cantidad de bienes y servicios que el dinero puede comprar. De modo tal que la inflación se debe principalmente al aumento de la oferta de dinero en la economía, en relación con la oferta de bienes y servicios. Es decir, que el dinero con el que nos manejamos, los pesos, son menos escasos de lo que lo eran antes y, por lo tanto, menos valiosos. En consecuencia, se necesitan más pesos para comprar los mismos bienes y servicios que antes.
El proceso contrario parece sencillo de explicar. De lo que se trata, no es de «acelerar» la producción para que la oferta supere a la demanda, como ingenuamente propone Urtubey, sino reducir la oferta de dinero. O, en el caso de que la oferta de bienes y servicios crezca a un ritmo positivo, la solución a la inflación consiste en reducir la tasa a la que crece la oferta de dinero. De este modo, los pesos se vuelven relativamente más escasos y, por lo tanto, más valiosos. Este mecanismo, cæteris paribus, aumentará el poder de compra del peso y, por lo tanto, reducirá la inflación.
Lo que ha planteado Urtubey, al contrario, es aumentar rápidamente la oferta de bienes y de servicios, sin reducir la oferta de dinero, lo cual puede conducir a una incontenible inflación de los costos de la producción (no solo de los salarios, obviamente).
Hay que subrayar que en el mismo discurso Urtubey propone una reducción de impuestos (al menos los que gravan el trabajo) y, al mismo tiempo, un aumento del gasto público (mediante el endeudamiento, para sostener, por ejemplo, al sistema de pensiones) y un aumento del circulante (porque las empresas lo necesitarán para producir más bienes; es decir, para aumentar la oferta). En consecuencia, lo que abiertamente nos propone Urtubey no es reducir sino aumentar la oferta de dinero, que es precisamente lo que provoca la inflación.
La receta, desde luego, es suicida.
Cualquier manual de economía enumera una serie de medidas básicas para reducir la inflación. Ninguno de ellos sugiere aumentar la oferta de bienes y servicios, algo que, en determinadas condiciones de exceso de dinero, podría conducir a un recalentamiento de la economía y a una mayor inflación.
La receta básica para luchar contra la inflación prevé algunas de las siguientes medidas:
1) De política monetaria, como la fijación de la tasa de interés. Una tasa más alta reduce la demanda, conduce a un crecimiento económico más bajo y, por tanto, a una menor inflación.
2) Control de la oferta de dinero. Los monetaristas sostienen que existe un estrecho vínculo entre la oferta de dinero y la inflación, de modo tal que mediante el control de la primera se consigue el control de la segunda.
3) Políticas del lado de la oferta, que apunten a incrementar la competitividad y eficiencia de la economía, para empujar a la baja los costes de largo plazo.
4) Política fiscal. El aumento de la presión tributaria sobre las rentas reduce el gasto y alivia las presiones inflacionistas.
5) Moderación de los salarios. Aunque es la medida más impopular y una de las menos efectivas, el control sobre los salarios puede, en teoría, ayudar a reducir la inflación.
Si miramos estas mismas medidas desde el punto de vista de la demanda y de la oferta, podemos agrupar las estrategias antiinflacionistas en dos grandes bloques:
A) Reducción de la demanda agregada
1) El endurecimiento de la política fiscal. Esta es la clásica respuesta keynesiana, que implica, básicamente, reducir el gasto gubernamental y/o aumentar los impuestos. La reducción del gasto público desplaza directamente la curva de la demanda agregada hacia la izquierda, mientras que el aumento de los impuestos hace lo mismo, pero indirectamente, a través de la reducción de la renta disponible de los consumidores, lo que conduce a una reducción del gasto del consumidor y a una inflación menor.
2) Estrechamiento de la política monetaria. Básicamente se trata de aumentar las tasas de interés, lo que hace que sea más caro para las empresas invertir y para los consumidores pedir prestado y gastar. Además, en este contexto los pagos de hipotecas de los consumidores aumentan, lo que les deja menos ingresos disponibles para gastar. Sin embargo, el control de la oferta monetaria y el nivel del tipo de cambio están vinculados. Los gobiernos generalmente solo pueden controlar una de estas tres cosas a la vez (aunque algunos dirán que es imposible controlar la oferta de dinero). Las tasas de interés más altas tienden a aumentar el valor de la moneda nacional, lo que ayuda a mantener bajo el precio de las importaciones.
B) Reducción de la oferta agregada
1) Políticas de ingresos. El control del aumento de los salarios no es una medida popular, ni sumamente efectiva, pero evita que la curva de la oferta agregada se desplace hacia la izquierda. El control de los ingresos de los trabajadores hará que la inflación de los costos sea menos probable.
2) Mejora de la oferta. Solo bajo determinadas condiciones, la curva de oferta agregada a largo plazo podría desplazarse hacia la derecha. De lo que se trata en cualquier caso es de aumentar el potencial productivo de la economía y de reducir consecuentemente el nivel de precios para una determinada curva de demanda agregada (suponiendo que la curva de la oferta agregada de largo plazo sea vertical). Para alcanzar estos objetivos se requiere -al menos en el caso de la Argentina- un enorme esfuerzo que incluye (aunque no se agota en) la mejora de la educación y la formación profesional de los trabajadores, la privatización y la desregulación, el control de los sindicatos, el aumento de la flexibilidad del mercado de trabajo y, lógicamente, los incentivos para que las empresas inviertan.
Evidentemente, Urtubey no es partidario -como muchos no lo son en la Argentina- de este tipo de medidas. Especialmente rechazan medidas como la privatización, la desregulación de sectores enteros de la economía (recuérdese por ejemplo la actitud consistente de Urtubey frente a la economía del tabaco), o más aún, el control de los sindicatos o la flexibilidad laboral.
Para concluir, se puede decir que el aumento súbito y en un plazo breve de la oferta que Urtubey propone para frenar la inflación, sin el acompañamiento de medidas de mejora de la eficiencia de la economía a largo plazo, sin una política monetaria definida y coherente y sin operar de ningún modo sobre la oferta de dinero, se puede traducir inmediatamente en una imparable inflación de costos y en un desastre mayor de nuestra economía.
Para verlo no hace falta más que votarlo. Los desastres son su especialidad más fina, y así lo viene demostrando desde hace 22 años en Salta. Quien no se entera es porque no quiere.