Rueda de reconocimiento de sospechosos en Salta

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El ceremonial y protocolo del Estado salteño atraviesan por una de sus horas más bajas, como lo demuestra la fotografía que ilustra estas líneas, en la que aparecen las dos máximas autoridades provinciales, dos ministros del gobierno y un secretario de Estado.

La falta de un lugar adecuado y de reglas para organizar adecuadamente la ubicación de las personas según la autoridad que ejercen, así como la vestimenta, hacen que una ceremonia de Estado se parezca mucho a una rueda de reconocimiento de sospechosos en una comisaría o a un paredón de fusilamiento antes de que el jefe del pelotón ordene que se abra fuego.

Tal vez el error no sea atribuible a los responsables de ceremonial, pues puede ocurrir que al propio Gobernador de la Provincia, como buen nieto de docentes, le guste mandar a formar a sus subordinados con la espalda contra la pared, como si les fuese a revisar las uñas, vayan a ser cacheados o fumigados con flit.

A esta penosa imagen contribuye, sin dudas, el aspecto descuidado de los sospechosos, a los que no solamente les hace falta un buen asesor de vestuario sino también un experto que les explique en qué consiste esto del «body language» y cómo la forma de pararse ante el público puede revelar inseguridades, complejos, miedos y otros rasgos del carácter o la personalidad de los individuos.

A nadie se le escapa que esa pose transgresora (al mejor estilo western del canoso Lee Marvin) que ha adoptado en esta ocasión el Vicegobernador de Salta, con ambos pulgares colgando de la orilla del bolsillo de sus vaqueros y la mirada polvorienta perdida en lontananza, lejos de infundir autoridad o de transmitir prestigio institucional, revela aspectos muy negativos como el descuido, la suficiencia y la falta de compromiso.

Conviene no confundir entre la imagen de un gobierno cercano a la gente y la imagen de un gobierno que desprecia su propia imagen. Cuidar esta última es la mejor forma de apuntalar la primera.