Aquel Mundial de 1978 disputado en la Argentina fue el último gran torneo que se jugó en el hemisferio austral y, por tanto, en invierno. Después vinieron España 82, México 86, Italia 90, Estados Unidos 94, Francia 98, Corea-Japón 02 y Alemania 06, todos los cuales se disputaron en pleno verano. Con tanta confusión histórico-ideológica, es muy probable que si alguien pregunta a un adolescente de estos tiempos cuál era la línea media de la Argentina en aquella época, en lugar de responder "Ardiles, Gallego y Larrosa", nos menten a "Videla, Massera y Agosti", que en realidad se hicieron famosos por el catenaccio que desplegaron en algunos campos, pero de concentración, no de juego.
Los protagonistas de aquella época (dorada para el fútbol, negra para las libertades individuales) coinciden en afirmar que a los alemanes, holandeses, franceses, italianos, polacos, húngaros y otros venidos de la fría Europa, no les impresionaba el gélido vientecillo del estadio Chateau Carreras, ni la presencia del dictador Videla en la tribuna, por mucho que el hombre apareciera enfundado en esos lúgubres sobretodos heredados de la época de Breznhev.
Salvo para el fútbol, los europeos estaban mejor preparados que nosotros para todo lo demás: para el frío, para las incomodidades y para la dictadura.
El Mundial de 2010 vuelve a jugarse en invierno después de 32 años. Será en Sudáfrica, en donde, dependiendo de la altitud de las ciudades, la temperatura en junio oscila entre los seis y los diez grados de media.
Evidentemente, no será como jugar en Kiev en el mes de enero, pero ya estamos viendo a los jugadores brasileños con mangas largas, poleras y guantes, cuando la mayoría de ellos está acostumbrada a jugar en Europa con hielo y con nieve.
Todavía no nos hemos planteado seriamente si para volver a ganar el torneo no será necesario enviar a Videla a que se dé un paseo por las tribunas sudafricanas levantando sus pulgares. Tal vez sería interesante, como talismán por lo menos, que Mascherano recibiera al dictador en la concentración de Pretoria. Si Menotti y Passarella lo hicieron en 1978, sin por ello haber pasado a la historia como "poleas de transmisión" del régimen, no vemos por qué no pueda hacer lo mismo el actual capitán de la selección, o incluso su entrenador Maradona, a pesar de sus conocidas preferencias por el Che Guevara. En una de esas, Videla nos trae más suerte en el fútbol que los tatuajes del Che y los puros de Fidel.
Desde el punto de vista del morbo mediático, sería todo un desafío para los paparazzi desplegados en Sudáfrica conseguir una foto de los ancianos Videla y Mandela, abrazados en Soweto como si compartieran algo más que las últimas cuatro letras del apellido.
Si al final resulta ser que el frío austral beneficia realmente el juego de nuestra selección y terminamos campeones del torneo, deberíamos obligar inmediatamente a don Julio Grondona a que proponga a la Antártida como sede del Mundial de 2022, aprovechando la vocación ecuménica de la FIFA, que va camino de superar a la de la Santa Sede vaticana.
Pensamos que una final disputada en la Base Marambio contra un equipo de brasileños tiritando, además de congelarles la sonrisa y hacerles apretar bien la salida, nos daría muchas más posibilidades de perforar el arco contrario (y la salida del rival).
Porque tal y como están las cosas, no parece descabellado desear que a los nuestros les eche una mano el famoso general invierno.