José Mourinho no encuentra la fórmula para neutralizar el buen juego del Barcelona, pero tiene un método minuciosamente estudiado para frenar a Leo Messi. Se trata de un remedio extrafutbolístico que, a falta de buena técnica, recurre a argumentos teñidos de un cierto nacionalismo cultural. Al parecer, cada vez que Messi se hace con el control de la pelota y avanza vertiginosamente hacia el arco defendido por el buenorro de Iker Casillas, lo que comienzan a crujir no son los pergaminos del "señorial" Real Madrid sino el honor y la autoestima hipertrofiada del entrenador nacido en Setúbal.
A defender ese honor mancillado (ya varias veces y en el propio estadio Bernabéu) no están llamados ni los Xabi Alonso, ni los Lass Diarra, ni los Khedira, ni los Altintop.
A batirse con el rosarino, y en busca de sus tobillos de oro, sale la tropa lusa del Duque de Braganza, capitaneada por el mariscal Képler Laveran Lima Ferreira, más conocido por su nombre de batalla, "Pepe", y sus relucientes edecanes, Ricardo Carvalho, Fabio Coentrão y Marcelo Vieira da Silva Júnior.
Por cuestiones que aún no se ha podido esclarecer debidamente, pero que podrían estar relacionadas con la posición que cada uno ocupa en el campo de juego, a esta auténtica "cacería en la sabana" no acostumbra sumarse el más destacado de los lusoparlantes del ejército de Mourino: Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro. Este gesto, por supuesto, le honra.
Pero cuando las circunstancias así lo aconsejan, quien sí acude en auxilio de la tropa lusa es ese nuevo "Faraón de Camas" llamado Sergio Ramos. Un andaluz jovencito que aún añora los tiempos de la Unión Ibérica, bajo el reinado común de Felipe II, y que, de vez en cuando, se muestra conmovido por las similitudes morfológicas y culturales de su Andalucía natal con el Alentejo portugués.
Antes de salir del vestuario, haciendo honor a su astronómico nombre, Képler se juramenta "hacer ver las estrellas" a Messi. Y lo consigue. No podrá evitar sus goles, sus gambetas y sus pases de mesa de snooker, pero la idea no es tanto evitar que Messi les gane el partido cuanto hacerle sentir "el rigor luso".
El más inteligente de todos ellos -Pepe- ha comprendido sin embargo que el genio de Messi no se esconde en sus tobillos o en sus empeines. Que es inútil intentar derribar al rosarino enviando patadas como misiles a sus extremidades inferiores.
Enterado Képler -por sus evidentes contactos con la comunidad científica internacional- de que el cerebro de Messi va a ser objeto de estudio por parte de una universidad holandesa, ahora ya no busca con la misma insistencia de antes los maléolos de la estrella.
Pepe aprovecha que algún compañero suyo ya ha derribado a Messi antes que él y busca con sus calvas rodillas el cráneo del rosarino, esa caja que guarda el sofisticado panel de mandos de sus prodigiosas piernas. Pero Pepe falla en el intento; su rodilla izquierda no atina a la cabeza y apenas si roza el hombro de Messi.
Al mariscal del Duque de Braganza (aunque nacido en Maceió, Brasil) solo le queda el recurso de clavar los tapones de su botín derecho en la mano inocente de un Messi caído. Le anima la esperanza de que la casual fisura de un metarcarpiano provoque -tal vez- un cortocircuito en la conexión neuronal entre aquel maravilloso panel de mandos y esas piernas que, cada vez que pueden, hacen perder millones de euros -y dignidad a raudales- al grandioso y señorial Real Madrid.
La mejor noticia de todas es que la misma universidad holandesa interesada en el cerebro de Messi, ha decidido estudiar también la masa encefálica de Pepe. La comunidad científica espera con ansiedad los resultados, aunque ya muchos temen que la diferencia pueda ser algo más amplia que un simple 2 a 1.