Güemes en el diván del psicoanalista

Libro de Juan AhuermaEl martes 5 de abril, a la hora señalada para la presentación del reciente libro de Juan Ahuerma Salazar, “Espíritus en el paisaje. El psicoanálisis de Güemes”, un apagón de tres horas dejó en tinieblas a casi todas las provincias del Noroeste. Público, autor y panelistas que asistieron a ese acto en el salón “Martínez Borelli” de la UNSa. en calle Alvarado 551, se hundieron en una penumbra intermitente sólo rasgada por el parpadeo de velas encendidas sobre la mesa panel.

Aquella noche presentamos el libro: el chozno del general, Martín Miguel Güemes Arruabarrena, el profesor Rubén “Chato” Correa, el periodista “Huayti” González, Juan Ahuerma y también yo.

Aquella oscuridad dio un toque de realismo, más crudo que mágico, al acto en el que cuatro panelistas y un auditorio de enmascarados por las sombras evocaron el fantasma del general Martín Miguel de Güemes. Sospecho que ese corte de luz fue planeado por Ahuerma y ejecutado por un comando libertario con el propósito de arropar su libro con este ambiente fantasmal.

Confieso que al leer el título de este libro de Juan Ahuerma me asaltó la misma inquietud que hace años me produjo el título de un artículo de una revista salteña sobre negocios: “Güemes y el marketing”. Por supuesto que esa sorpresa no alcanzó para equiparar “El psicoanálisis de Güemes” y a Ahuerma con el yuppie autor de aquel otro texto. Ahuerma tendió a Güemes en un diván de psicoanalista a la sombra de un cebil arrancado del óleo de Antonio Alice.

Tampoco se me ocurrió comparar este inclasificable libro de Ahuerma con aquella nota que intentaba meter a empujones a Güemes en el mundo del marketing. En realidad, desde hace años, parece que son los devotos del marketing quienes se inspiran en las estrategias de la guerra y no los antiguos guerreros los que encontraron estímulos en el mundo de los negocios.

Este reciente libro de Juan Ahuerma, desde su título, es inquietante y provocativo. Lo es no sólo porque su autor es un provocador profesional sino por su género, entre la narrativa, la poesía y el ensayo. También, por su estilo y por contenido. La primera lectura de las cien páginas de “Psicoanálisis de Güemes” me produjeron la misma sensación de perplejidad que provocaría en Ahuerma la lectura de un trabajo de un riguroso historiador académico, cuya erudición Ahuerma haría trizas colocando dinamita en sus cimientos.

El autor no se propone transitar por el previsible camino del logos. Elige aventurarse por los inciertos senderos de los mitos y de las creencias, no por ello “menos verdadero”. En la antigüedad algunos dudaron de la existencia de los dioses pero no de la existencia de los héroes, cuya naturaleza es tener más que los hombres pero menos que los dioses, anota Veyne.

El propósito de Ahuerma no es cincelar un héroe sino interrogar un fantasma cuyo espíritu atraviesa el tiempo y cuya alma está desperdigada en el paisaje. La esfera de valores del héroe, observa Max Scheler, “es la vida y el ser de su pueblo, dilatación y elevación de su espacio vital”.

Está desparramado en esos múltiples fantasmas del fantasma: hombres comunes, rústicos, barbados, pobres y raídos pero altivos, trashumantes, inadaptados y habladores solitarios. En síntesis: son, transfigurados, “retratos vivientes del héroe”. “Se dice que cuando uno muere, uno se vuelve como los astros del aire”, declara un héroe de Aristófanes que ha oído hablar de un alto saber detentado por ciertas sectas de la época.

Los novelistas mienten, inventan una realidad, desafía Vargas Llosa. A menudo los poetas, dice Paul Veyne, mezclan verdades con mentiras o mentiras con verdades. Mienten, añade, para sacar a sus contemporáneos del letargo. “La literatura es una alfombra mágica que nos transporta de una sociedad a otra”, explica Veyne. En este libro, Ahuerma insiste, una y otra vez, que “el psicoanálisis del héroe se torna psicoanálisis del fantasma” y el fantasma es una sombra que “deambula por una cuasi eternidad” (páginas 69, 83, 92 y 94).

Ahuerma habla allí donde el documento escrito, la prueba testimonial o el historiador callan. Para hacerlo rompe los moldes cronológicos, altera el curso temporal y se sumerge en ese pasado que no pasa y en un presente que puede bañarse en las aguas del pasado.

Por eso Juana Iguanzo, la santiagueña amante de Güemes y esposa de un subordinado de éste, puede viajar a Salta en “La Veloz del Norte” para encontrarse con el general (página 42) O el general San Martín aparecer en Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas; el padre de Güemes apellidarse Güemes Campero y no Güemes Montero, como era o el apellido Tineo mudar a Tejero.

Esta es otra batalla. No de unos gauchos improvisados soldados enfrentados a ejércitos realistas regulares. Es el eterno combate – y el abrazo- del mito batiéndose con el logos; de lo imaginario versus lo real; de la razón y enfrentada, o en nupcias, con la imaginación y la ficción. Si la historia escrita puede entenderse o presentarse como “depuración del mito por el logos”, el libro de Ahuerma se propone asaltar la ciudadela de la razón con el desborde de la imaginación, tramando una “historia alterada”, disparatada. Ahuerma desordena la historia con el mito y la mitología, considerada un género literario.

Rompiendo la lámina escolar, pero usando alguno de sus elementos, Ahuerma a saca a Güemes de su despacho de gobernador y jefe militar; lo despoja de su uniforme y medallas, quita el polvillo erudito y raspa ese color que recubre la imagen del Güemes en el bronce. Luego lo coloca en el paisaje, a campo abierto, con su herida abierta, entre humano y divino, despojado, rodeado de gentes que lo siguieron y veneraron y asisten al momento de su agonía.

Lo inquietante es que ese Güemes del pasado no yace en el Panteón de las Glorias del Norte, sino que deambula como fantasma por una esquina de Fraile Pintado, por una calle de Ledesma o por las trajinadas veredas del Mercado San Miguel. Güemes, dijo Joaquín Castellanos, es un Señor del Milagro laico, civil. Güemes está en la Catedral Basílica de Salta. Está en al pie del Cerro San Bernardo en cuya cima está el Cristo Redentor.

La historia escrita y publicada en decenas de libros, aquel cuadro de Alice del héroe yaciente, y los doce tomos del “Güemes documentado” apenas alcanzan a captar ese instante que está en ese tiempo y en ese sitio preciso del mundo pero que, a la vez trasciende esos límites. El héroe sigue viviendo, como sombra, como fantasma. Desde la antigüedad, la literatura está poblada de fantasmas. Las letras argentinas, también:

“¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte…”, son las primeras palabras del “Facundo” de Sarmiento.

”Ya muerto, ya de pie, ya inmortal, ya fantasma, se presentó al infierno que Dios le había marcado…”, escribe Jorge Luis Borges en su poema “El General Quiroga va en coche al muere”:

“Extraña campaña aquella, porque a medida que se adentraba en la provincia, un fantasma se agrandaba ante él: el fantasma de Dorrego”, son versos de Ernesto Sábato en el “Romance de Juan Lavalle”.

“Lejos de producir miedo, el fantasma del héroe es muy amado; da consejos a los cultivadores, es presagio de lluvia y de buen tiempo, las gentes del lugar dirigen sus votos a este héroe, escriben su plegaria sobre la estatua (….) Como se ve la historia del culto a los héroes es, también, una historia de fantasmas”, señala Paul Veyne.

A Juan Alfonso Carrizo, que en los años de 1930 recopiló de labios de los viejos criollos el cancionero popular de Salta, le llamó la atención no encontrar en la memoria de los gauchos de la campaña de Salta una sola copla o mención a Güemes. Carrizo se pregunta por las razones de ese silencia, pero no encuentra ninguna respuesta a ese misterio de un culto popular que no dejó rastros de una copla que cantara a Güemes.

También son héroes clásicos los fundadores de ciudades. Hernando de Lerma, fundador de Salta que apenas puso su pie aquí, cruel, vengativo y ambicioso, no es precisamente un modelo. En la historia de Salta, el modelo es Güemes, protagonista de acciones intrépidas, organizador, innovador, responsable en extremo y guía de un pueblo.

En Güemes están presentes muchos de los rasgos típicos del héroe: se alejó de joven de su lugar de nacimiento y regresó a él para tener un papel relevante; gobernó a su pueblo; arriesgó su vida; fue derrocado y declarado “traidor” y tuvo una muerte prematura y trágica y su cuerpo tuvo varias tumbas antes de descansar en la Catedral de Salta.

De las ficciones e invenciones de Ahuerma, en una debemos detenernos: la del supuesto conflicto con su padre. Si bien este tipo de enfrentamientos traumáticos padre-hijo forma parte de los mitos clásicos del héroe, estudiados por psiquiatras como Otto Rank (1909) desde finales del siglo XIX, este rasgo no aparece en la relación de Güemes con su padre.

Español, funcionario borbónico en América, personaje ilustrado, reformista y redactar de avanzadas normas en defensa del indígena y su trabajo, el padre de Güemes influyó sin dudas en los valores, en las ideas y en la orientación de su hijo Martín Miguel.

Con tiradas de cincuenta ejemplares por hornada, la cantidad necesaria para pagar la imprenta y poder retirar otros tantos, “El psicoanálisis de Güemes” quizá no sacará del letargo a nuestra sociedad: eso sería una desmesurada pretensión. Una posibilidad más plausible y realista es que sacuda a ese “güemesianismo” más folklórico y ritual que riguroso, convertido en árbol cargado de resecas hojas.

Un “güemesianismo” simplista, sectario, localista y antiporteño que está despojando a la figura y a las investigaciones históricas sobre Güemes del valor intelectual que tuvieron los estudios y estudiosos del héroe gaucho durante el siglo XX. Este tipo de endiosamiento de Güemes conducirá a su empequeñecimiento.

En síntesis: un libro para leer, para el desconcierto inicial, para el enojo de algunos y el aplauso, quizás ligero, de lectores iconoclastas que disfrutarán de un Güemes involucrado en amores clandestinos y supuestamente enemigo del supuesto porteñismo imperial empeñado en relacionarse con el interior del país “en términos de una guerra de exterminio”, según la exagerada, ideologizada y poco rigurosa afirmación de José Pablo Feinman.