La sonrisa es una especie de espejo del alma en el que, por lo general, encontramos el lado más humano de las personas. La sonrisa es una conquista de la inteligencia y, hasta cierto punto, una invención de la civilización que nos permite encontrarnos con otros y acercarnos a ellos. Pero también es una marca de debilidad. Sucede cuando quienes ensayan una sonrisa incurren en una contradicción profunda entre sus impulsos afectivos y sus tendencias lógicas.
Cuando se produce este tremendo desencuentro, el resultado suele ser una mueca nerviosa que nos congela el alma; un gesto que apenas sirve para enseñar los dientes de una manera amable pero que no alcanza para ocultar la mirada vitriólica y el gesto atrabiliario.
La ambición de poder -así como los mates amargos- trastornan el carácter de las personas, aunque éstas no se den cuenta. El ser humano siempre ha sido muy hábil para negar todo aquello que signifique admitir una imagen poco grata de sí mismo.
Así como la sonrisa humaniza a la práctica totalidad de los seres humanos, a algunos les convendría no sonreír nunca y mantener ese rictus de amargura perpetua, que fluye en el día a día y que confiere identidad frente a aquellos que contemplan y juzgan.
Hay sonrisas también inexplicables, aun en la comodidad de los despachos. Porque es dentro de estas oficinas donde debiera repercutir con mayor intensidad el clamor de muchas personas que no disfrutan de derechos (por ejemplo, el de llevarse un aromático capuccino o unas crujientes masitas al estómago, o el de poner los codos encima de la mesa), que esperan respuestas a sus peticiones, que buscan justicia para sí y para sus hijos.
Para sonreír no hace falta solamente una buena dentadura y una compañía agradable. Es preciso tener motivos, porque si no los tenemos, la sonrisa deja de ser aquella conquista de la inteligencia para retratar solo la infinita debilidad del alma.