El vocabulario de los políticos es el equivalente psicológico de la TAC (la llamada Tomografía Axial Computarizada). La disección de los discursos, el análisis de las palabras, permiten ver con milimétrico detalle hasta el último rincón de la personalidad de los altos responsables públicos y distinguir entre ellos a los intelectuales profundos de los sanateros consuetudinarios. Las palabras -que en este caso valen más que mil imágenes- forman parte del arsenal básico de todo político. Gracias a las palabras que utilizan podemos saber cuándo un gestor público anda sobrado de recursos políticos genuinos y cuándo su esfuerzo se limita a maquillar la realidad para engañar a sus conciudadanos.
Además de las palabras huecas, que normalmente sirven para disimular vacíos intelectuales o formativos, a algunos políticos se les ha dado por abusar de ciertos términos de significados profundos, a los que, de tanto emplearlos mal, están contribuyendo a vaciar de contenido..
Es el caso del verbo "articular", que significa "organizar diversos elementos para lograr un conjunto coherente y eficaz" y que, como su propia definición indica, solo sirve cuando de lo que se trata es de organizar la diversidad para dotarla de coherencia y eficacia.
No cualquier funcionario se enfrenta a la diversidad; y pocos están capacitados para asumir el reto de hacer de lo diverso algo coherente y eficaz al mismo tiempo. Por eso, aquellos que andan "articulando acciones" para controlar el precio de las humitas o para cortar los yuyos en los baldíos, exageran la nota y destruyen la palabra.
No cualquier fenómeno de la realidad responde a una "lógica" particular (la lógica de la pobreza, la lógica de la redistribución o la lógica de la solidaridad). Cuando hablamos de lógica, como sustantivo, nos referimos a una ciencia formal (la que expone las leyes, modos y formas del conocimiento científico) y, por tanto, hablamos de una ciencia unitaria. Los que encuentran una "lógica" acomodada a cada fenómeno social al que se enfrentan, no solo cuestionan la unidad de la lógica sino la unidad del mundo.
No cualquier acción orientada a reducir las desigualdades sociales supone practicar "la inclusión". El combate contra la exclusión es solo una parte -y no necesariamente la más importante- de la realización del ideal democrático de la justicia social, así como ésta es solo una parte de la acción global de un gobierno.
Finalmente, no toda la acción de gobierno puede ser "sustentable", ya que normalmente, para lograr sus fines, cualquier gobierno necesita, en mayor o menor medida, de ayuda exterior, y se vale de recursos escasos que van mermando a medida que son utilizados. Así como la "sustentabilidad" (siempre es mejor decir sostenibilidad) es una meta del desarrollo económico, en materia política la sostenibilidad es sinónimo de autarquía y de aislamiento.
Los ciudadanos tenemos derecho a exigir que los gobernantes dejen de lado la sanata, que nos hablen claro y que llamen a las cosas por su nombre, para que todos entendamos lo que está sucediendo, sin necesidad de recurrir a traductores de palabras complejas.
En resumen, que hablar complicado o sanatear (1) carece de lógica; (2) condena a muchas personas a la exclusión política; (3) desarticula la diversidad y (4) desnuda la insustancialidad e insostenibilidad de los políticos.
Aquel gobernante que, por intentar quedar bien o por querer pasar por erudito abusa de este tipo de terminología, no solo es un mal gobernante: es un enemigo frontal de la democracia, ya que ésta solo funciona en la medida en que los gobernados hablan el mismo lenguaje de los gobernantes, y viceversa.