La Terminal de Ómnibus de Salta y el Puente de los Suspiros

Puente de los SuspirosSi se lo hubiera propuesto, la eminencia gris que construyó la nueva Terminal de Ómnibus de Salta podría también haber pavimentado toda Venecia, sepultando bajo una delgada capa de concreto los canales de la ciudad de los enamorados.

Menos romántica que Venecia, la ciudad de Salta es una especie de queso Gruyère por debajo de la superficie. Una auténtica telaraña de tagaretes que conecta caprichosamente la activa vida subterránea y subacuática de la ciudad, por donde -dicen- vaga el espíritu errante de la Juana Figueroa.

Poco después de las 9 de la mañana de hoy, la Terminal de Salta parecía el centro de Sarajevo después de un bombardeo del general Mladic. Un inocente martillo neumático que buscaba picar un poco el cemento consiguió finalmente abrir un cráter del tamaño de una casa, dejando al descubierto un canal subterráneo.

La explicación oficial del lamentable suceso fue que la erosión del suelo por efecto del agua del canal -imprevisible para los obreros que taladraron la superficie- había reducido la sustentación de la cubierta del canal y provocado su derrumbe.

Sin embargo, la espantosa visión del desastre hace pensar que ni los obreros ni el director técnico de la obra tenían idea de que por debajo del suelo de la Terminal había un canal de semejante dimensiones, o, si lo sabían, nadie calculó que el cemento que lo cubría era tan delgado como una capa de mayonesa extendida sobre un sandwich de milanesa.

La erosión es, normalmente, un fenómeno previsible y quien proyectó la obra debió haberla descontado en sus cálculos. Quien la construyó también debió prever, en condiciones normales, el desgaste de la superficie por acción de un agente externo como el agua.

La desgracia no fue tal porque en el momento de la debacle no había ningún ómnibus con pasajeros encima. Pero convendría preguntarse si no fue una irresponsabilidad construir una terminal por la que circulan decenas de miles de personas diariamente sobre un terreno de tales características.

El casual -aunque casi trágico- hallazgo del canal y el formidable hueco a cielo abierto, debería espolear al fiscal federal Ricardo Toranzos para que envíe a estas nuevas profundidades a su equipo de submarinistas. Probablemente haya algún otro cabralito reptando por aquellos escondidos canales y convendría saber, desde ahora, si en el futuro las unidades de La Veloz del Norte no corren el riesgo de ser engullidas en sus propias dársenas por un reptil de proporciones bíblicas.