Todos los años se entabla una competencia bastante estúpida entre las diferentes provincias argentinas para saber en qué territorio ha nacido el primer bebé del año que empieza. Dada nuestra demografía y la elevada tasa de natalidad que registran algunas regiones, casi siempre resulta que el primer bebé nace en los primeros segundos del nuevo año, lo que para los padres puede ser algo muy bueno -teniendo en cuenta que su retoño aparecerá en los diarios- pero no tanto para el niño o la niña.
¿Se imaginan las emociones de un recién nacido que asoma al mundo en el exacto momento que una nube informe de borrachos y de gente irresponsable hacen tronar la ciudad con petardos, bengalas y balazos?
Es casi seguro que, ante semejante agresión acústica, ese niño nazca zumbado o zumbada, o quizá pensando que ha llegado al mundo justo cuando ha estallado la tercera guerra mundial. Y si esto no ocurre, el incesante estallido de cohetes le hará dudar seriamente si volver o no al útero materno, en donde -salvo la natural flatulencia gestacional- se vive un ambiente más pacífico.
La única gracia que tiene, quizá, el nacer a la hora de los pitos es que el niño tendrá una fiesta de cumpleaños asegurada de por vida, aunque en vez de soplar velitas, probablemente dedique toda su existencia a soplar mechas de cañitas voladoras.
Hora exacta, exactísima
En las salas de parto salteñas, además de la matrona, del obstetra, de la enfermera y del anestesista, ahora también hay cronometradores oficiales de la ACTC (Asociación de Corredores de Turismo de Carretera) con los pulgares tensos esperando a que el bebé lance al aire su primer berrido.Sin la presencia de estos ágiles cronometradores sería imposible determinar, como lo ha hecho un diario salteño ayer, que un bebé nació a las 00.00.00 horas del día 1 de enero de 2012.
¿A qué viene tanta precisión? ¿Es necesaria? Y más que eso, ¿es técnicamente posible?
Porque si se tratara de un premio importante (supongamos unos cuantos millones de pesos), al equipo obstétrico debería sumarse un escribano público, y todas las maternidades nacionales deberían tener sincronizados sus relojes con la hora atómica del Observatorio de Boulder, Colorado, USA, o con el Laboratorio de Aceleración de Partículas, de Ginebra, a fin de saber exactamente quién y en qué momento viene al mundo.
Mientras no se adopten estas elementales precauciones, es completamente inútil decir que fulanito o fulanita nació a las 00:00:00:00:00:00, porque un simple soplido del viento o una distracción pueden distorsionar la medición del tiempo.
Convendría dejar a los niños tranquilos, no aterrorizarlos con tantos cohetes (no vaya a ser cosa que lo primero que hagan sea morder al partero, como hacen los pichichos asustados) y, sobre todo, dejarse de tanta tontería.