Las democracias se distinguen de las dictaduras, entre otras señas, por el diferente valor -político y moral- que en unas y en otras tiene el odio. La superioridad moral de la democracia frente a las dictaduras que matan y destruyen la libertad no se presume por el solo hecho de que las primeras respeten el valor supremo, sino por la capacidad de aquéllas para renunciar al odio y, especialmente, al ensañamiento con los derrotados.
Son las dictaduras, no las democracias, las que se deleitan en causar el mayor daño y dolor posibles a quien ya no está en condiciones de defenderse.
Son las dictaduras, no las democracias, las que se esfuerzan por aumentar de forma inhumana y deliberada el sufrimiento de las víctimas, para causarles padecimientos innecesarios.
La justicia en democracia alcanza su concreción en la aplicación rigurosa de la ley y normalmente se agota con ella.
Los castigos eternos, las maldiciones perpetuas, son elementos ajenos a la justicia democrática y pertenecen al mundo del odio que confiere legitimidad y razón de ser a las dictaduras.
No son los demócratas, sino los dictadores liberticidas, los que disfrutan de la agonía de los derrotados, especialmente cuando ésta se produce en la vejez, en la indefensión y, a veces, en la miseria.
Las democracias son diferentes a las dictaduras porque los mecanismos de justicia democrática -aun los más rigurosos- nos permiten demostrar sensibilidad y compasión frente a las desgracias de nuestros semejantes, especialmente en el momento de la muerte.
La agonía de un dictador no puede provocar en democracia la alegría ni el solaz de nadie, excepto la de los que comparten los mismos valores morales del dictador en desgracia y la de aquellos que, lejos de buscar la justicia, alimentan odios y venganzas perpetuas.
La agonía de un dictador nos permite, en todo caso, darnos cuenta de que todos somos humanos -aun los más inhumanos- y que a la hora de la muerte, somos fatalmente iguales.
La agonía de un dictador es una prueba en sí misma, un reto, y, a la vez, una oportunidad para demostrar que la humanidad, la generosidad y la grandeza de espíritu son más grandes y poderosas que el odio que vertebra y motoriza a la dictadura y a los dictadores.
No perdamos la humanidad. La democracia la necesita.