Indigencia, salud mental y zoofilia en Salta

Enfermedad mentalLa pregunta es muy simple: Cuando un indigente o un enfermo mental entabla una relación sexual con un animal, ¿por quién debemos conmovernos primero: por el animal o por el ser humano?

La respuesta no parece ser muy clara en Salta, en donde -al parecer- se vienen registrando sucesos de este tipo.

Hasta el momento, no se conoce que ninguna asociación defensora de los derechos de los pacientes mentales o de las personas sin hogar haya levantado la voz por lo que a primera vista parece una violación de los derechos humanos de estas personas, pero no por otro motivo.

Al contrario, sí ha protestado una asociación defensora de los animales -con justa razón tal vez- por el maltrato que estas prácticas suponen para aquellas indefensas criaturas.

Lo llamativo es que a nadie se le haya ocurrido pensar -todavía- que detrás de estos sucesos, además de perros maltratados, hay seres humanos viviendo en pésimas condiciones, personas privadas de atención y de cuidados fundamentales, vidas destruidas sin otro horizonte que la marginalidad y el abandono.

Más inquietante es aún la idea de que el primer auxilio frente a lo que se considera un "acto indecente" se dirija a los animales y no a los seres humanos.

En efecto, antes de brindar una atención sanitaria adecuada a los enfermos mentales, antes de buscar soluciones razonables para la marginalidad y la indigencia, la reacción social (incluida la de los poderes públicos) consiste en conmoverse por las condiciones "inhumanas" en que viven miles de perros vagabundos en la ciudad.

Los salteños nos asombramos ahora de que los "canes en situación de calle" (guay con llamarlos caschis atorrantes), además de vivir asilvestrados y abandonados a su suerte, sean víctimas de estos "depravados", hermanos mayores de los degenerados que a diario animan en la crónica policial de los medios locales.

Por ello, no faltan enérgicos defensores de los derechos de los perros, ni vecinos solitarios que convivan con una jauría de una treintena de ellos, ni almas caritativas que los alimentan y rechazan su castración "en defensa del derecho a la vida".

Muchos nos preguntamos si el gobierno -tan presto y solícito cuando se trata de pajarracos en riesgo- no dispone de una especie de Estación de Fauna Autóctona que sirva de hábitat para los seres humanos amenazados de extinción.

Mientras entre todos reelaboramos el concepto de "vida de perros", conviene que nos preguntemos: ¿qué hacemos con los indigentes y con los enfermos mentales?

Una de dos: o mejoramos su calidad de vida y nos aseguramos de que disfruten de sus derechos como cualquier otro ser humano, o hacemos como aquel general de infantería que recogió en un camión a los vagabundos del centro de Tucumán y los mandó al destierro catamarqueño, dejando en la ciudad, por supuesto, a los perros.