La corbata ausente de Federico Posadas

Federico PosadasA estas alturas ya casi nadie en Salta duda de que el ministro de Turismo y Cultura, don Carlos Federico Posadas, es dueño de un estilo de estar y de permanecer muy particular, casi irrepetible.

A sus cualidades ya conocidas -que no es del caso volver a glosar aquí- se une ese touch tan especial que lo diferencia de algunas otras celebridades menores que pululan por las oficinas públicas de Salta, algunas de ellas portando también -como él- carnets que los acredita como ministros.

Ese arrebato de personalidad supone para el atildado ministro el haber renunciado -esperemos que no definitivamente- al uso de la corbata, una prenda que seguramente le debe parecer superflua o, tal vez, incómoda.

Ni en los actos más solemnes (por ejemplo, su reciente encuentro con un diplomático taiwanés, que sí llevaba puesta la suya) se ha visto a Posadas con una corbata al cuello.

La pregunta surge, pues, inmediatamente. Cuando el señor Posadas representa al Estado salteño ¿es correcto que haga primar su estilo personal por sobre las normas escritas del protocolo y las no escritas de la cortesía?

Hay, por supuesto, quien aplaude este arrebato de desenfado juvenil, pero no está demás recordar que en los tiempos que corren cualquier grosería o insensatez logra de inmediato adhesiones, especialmente en las peligrosas 'redes sociales' que dominan la Internet.

No es posible suponer ni por un instante que el señor Posadas no respeta a sus interlocutores, a lo que ellos representan, a las solemnidades y pompas del Estado y a un sinfín de símbolos y rituales dignos de la mayor reverencia. Al contrario, creemos firmemente que lo hace.

No dudamos, pues, que el señor Posadas sea todo lo respetuoso y prudente que requiere su cargo, pero nos permitimos recordarle que también debe parecerlo.

Y si, por casualidad, alguien quisiera ver en la "descorbaticidad" del ministro una imposición estacional (esto es, la influencia del calor), nos permitimos recordar que él mismo fue quien anunció a bombo y platillo "el fin de la estacionalidad en Salta" (algo que debería también practicar).

Y quien quisiera interpretar su falta de corbata (en ciertos actos y celebraciones) como un desahogo de "comodidad", no debería olvidar que más incómodo que ponerse una corbata (aunque sea una vieja de acetato electrostático, con el nudo ya hecho o con una gomilla) es calzarse, en pleno verano, un traje de gaucho bombachudo, con pañuelo blanco al cuello, botas, sombrero y una pesada rastra repujada, y desfilar de tal guisa bajo un sol de justicia en pleno centro de Cosquín, a lomos de un alazán ardiente, como lo ha hecho recientemente el ministro.

Los gauchos -los auténticos- no son "anti-corbata". Es ésta una leyenda urbana. Nuestros gauchos, especialmente aquellos que ostentan altas funciones en el gobierno, son hombres de seda al cuello, como lo demuestra la sobria aunque desangelada elegancia del propio gobernador Urtubey, como lo demostró durante años -si bien con un estilo anglo-mandarín- el ex gobernador Romero, y como lo demuestran a diario señores maduros que se apellidan Loutaif, Qüerio o van Cauwlaert.

No es que se vaya a enojar el Señor del Milagro, pero sería bueno que en algunos actos en donde ciertos hombres encarnan la máxima representación del Estado, quienes nos representan luzcan a tono con la ocasión, porque esto es lo que espera el soberano. A unos les hará falta la corbata, a otros lustrarse los zapatos y a uno en concreto, pasar por la peluquería de María Pedano para que le reduzcan la cabellera.