La figura de Leo Messi es gigante en todo el mundo. Mucho más grande de lo que el hincha argentino puede llegar a imaginar. El pequeño jugador rosarino es, hoy por hoy, el activo internacional más importante de que dispone la Argentina. Y no estoy hablando solo de fútbol. Nuestro país padece, desde hace varias décadas, de una aguda carencia de figuras internacionales. Son muy pocos los argentinos influyentes en el mundo y es cada vez más preocupante la pérdida de peso de la Argentina en foros e instancias internacionales. Lo estamos pagando con aislamiento, con retrasos en el desarrollo, con falta de bienestar y con pérdida de oportunidades.
Quitando esa energía psíquica profunda que de tanto en tanto nos empuja a la autodestrucción, no hay razones para que los argentinos nos empeñemos en devorar la figura de un chico de solo veinticuatro años que, a fuerza de habilidad y de talento, pero tambien a fuerza de discreción y de una extraordinaria capacidad para "saber estar", nos llena de orgullo allá donde quiera que vaya.
Ni el hincha que brama en las tribunas, ni el hooligan que escribe en la prensa deportiva canalla se dan cuenta que discutir a Messi y sospechar de sus sentimientos hacia la Argentina supone servir en bandeja un festín a ciertos periodistas españoles, que aborrecen el fútbol argentino, que quizá aborrezcan también a la Argentina y a los argentinos. Son los que piensan que Messi "es suyo", que debe jugar para la Selección Española, que sus "socios perfectos" son Xavi, Iniesta o Villa y que quien lo "comprende" -incluso mejor que su propio padre- es Pep Guardiola.
Estos señores hoy están disfrutando no solo de los malos resultados de la Selección (que sería lo de menos) sino también de nuestro despiste, de nuestra desunión, de nuestra propensión a los comportamientos cainitas e iconoclastas.
Da igual si Messi juega mal o bien; poco importa si la Selección gana, pierde o empata. Al fin y al cabo se trata solo de partidos de fútbol.
Lo importante es defender a Messi, como jugador, como persona, como símbolo de un país que todas las mañanas se levanta pensando, si acaso inútilmente, que es capaz de alcanzar "la felicidad del Pueblo y la grandeza de la Nación".
Porque aunque Messi estuviera en sus peores horas bajas -que no lo está, desde luego- el genio de Rosario es probablemente el único argentino que nos reporta alegrías genuinas; el único que con su educación y su sobriedad nos hace quedar bien allá donde otros se esmeran en dañar nuestra imagen como país.
Defender a Messi, más allá de la pasión irracional que despierta una jugada, un partido o un torneo, es una forma sana de huir de aquellas energías autodestructivas y de romper el aislamiento internacional que tanto nos perjudica. Defender a Messi es demostrar que nos importan más las personas, sus valores y sus talentos, que los resultados, los números o el bolsillo.
Defender a Messi, aunque suene ingenuo decirlo, nos hace más fuertes y más respetados como país. Y no estoy hablando solo de fútbol.