Transfuguismo político e indignación renovadora en Salta

Convención del PRSEl tratamiento que ha recibido la señora Cristina Fiore por parte de un sector del Partido Renovador de Salta me parece desproporcionado y sumamente injusto.

Desde que los partidos políticos han dejado de ser lo que eran para convertirse en "espacios políticos", ese mal endémico de la política argentina que es el transfuguismo ha evolucionado de forma sorprendente.

Dicho en otras palabras: la rápida evolución de las formas institucionalizadas de mediación política en la Argentina ha conseguido, entre otros logros, que el doctor Borocotó haya dejado de ser un tiñoso para convertirse en un precursor, en un adelantado a su tiempo.

Siento una simpatía casi enternecida por la señora Fiore, a quien solo conozco de vista, así como un respeto republicano por el Partido Renovador, por sus dirigentes y seguidores. Pero pienso que este partido se equivoca al juzgar con tanta dureza a su antigua militante.

Si el PRS ha cambiado -de ideas, de principios y de trayectoria- las veces que ha querido y le ha hecho falta, ¿por qué razón habría de negarle el mismo derecho a Fiore?

En efecto, a nadie se le oculta que el PRS -nacido en el tardoprocesismo como un partido antiperonista, de matriz oligárquica, heredero de la vieja y conservadora Unión Provincial- ha abandonado sus moldes originales y claudicado frente al gran antagonista.

Lo ha hecho por lo menos dos veces: la primera, cuando don Ricardo Gómez Diez sirvió en bandeja la cena fría del sultanato romerista; la segunda, cuando don Andrés Zottos dio el giro populista que todos conocemos.

Ambas derivas tuvieron, como es sabido, graves consecuencias sobre el equilibrio político e institucional de la Provincia de Salta, que no viene al caso analizar aquí.

¿Con qué razón entonces los renovadores apelan ahora a las "esencias" (como si el PRS arrastrara su mística desde la Edad Media, más o menos) y se hinchan de moral para sacar a relucir una supuesta falta de ética de la señora Fiore?

Si el transfuguismo político es reprochable -yo al menos lo creo así- quien piense que detrás de un cambio de partido, de siglas o de ideas existe una transgresión de orden moral, debería preocuparse por condenar no tanto el transfuguismo individual (que al fin y al cabo siempre es explicable) sino el transfuguismo colectivo, que es mucho más grave.

En este caso en concreto, el PRS debería ser capaz de explicar a los ciudadanos por qué razón, con el paso de los años, ha experimentado un giro tan radical hacia posiciones peronistas; es decir, por qué razón se ha pasado con armas y bagajes al bando contrario.

Antes de echar a los leones a la señora Fiore, sus críticos deberían haber condenado con idéntica o quizá aún mayor energía el transfuguismo del señor Pablo Kosiner (romerista primero, wayarista entre medias, urtubeysta después), o el del doctor Gómez Diez, que puso al aparato renovador al servicio de una idea de la política más cercana a Las Mil y Una Noches que a una república de ciudadanos, o el del señor Zottos, que se ha lucido como un artista consumado del slalom político. Y criticar incluso, por qué no, el salaz travestismo del señor Urtubey, que ha demostrado que puede entrar y salir del Partido Justicialista (y de cualquier partido) las veces que mejor le convenga.

Llegados a un punto, parece más razonable pensar que la señora Fiore -al igual que Kosiner, Gómez Diez, Zottos y los Pokémon-, lejos de cambiar, han evolucionado. Tal vez ellos no se animen a decirlo, pero cada salto de partido en partido, de espacio en espacio, de cargo en cargo y de jefe en jefe, supone la aceptación tácita del hecho de que la política es una actividad creativa, pragmática, en permanente transformación, y no un "sentimiento" imperecedero e inmodificable, como la pasión futbolística.

Debemos ser más honrados y aceptar que el transfuguismo existe entre nosotros porque la idea que tenemos de los partidos es la de organizaciones cerradas en sí mismas, con líderes más aparentes que reales, que consideran una herejía llegar a acuerdos con el contrario.

No me refiero a componendas electorales ni a pactos prebendarios para repartirse el empleo público, que para eso sí somos buenos. Me refiero a la posibilidad de admitir en público que dos o más partidos pueden llegar a pensar exactamente lo mismo sobre un determinado problema social, sobre una determinada política, sobre una detrminada visión del futuro.

Porque nuestros partidos son lo que son, es decir, porque son en realidad agrupaciones de barras bravas disfrazados de personas cultas y racionales, y porque nuestros mejores políticos son líderes de sí mismos y no de sus partidos, es que existen el transfuguismo y el novedoso sistema de "espacios políticos".

Mientras no nos demos cuenta de que ambas cosas están carcomiendo desde dentro a nuestra democracia, estaremos condenados a convivir con traidores, con borocotoses, con indiosgodoises y con tránsfugas oportunistas del más variado pelaje.