"La mafia -escribe el historiador Paolo Pezzino- es una forma de criminalidad organizada que no solo está activa en múltiples campos ilegales, sino que tiende también a ejercitar funciones de soberanía, normalmente reservadas a las instituciones estatales, sobre un determinado territorio". A diferencia de otros enemigos de la democracia y de los derechos ciudadanos, el mafioso -señala Norberto Bobbio- es el enemigo solapado, fraudulento, que busca la alianza y la protección de los poderes del Estado. Mientras la alianza del terrorista con el Estado es imposible, ya que el propio terrorista la rechaza, la alianza del mafioso con el Estado no solo es posible sino que es hasta deseada.
La penetración de la mafia en las instituciones legales desfigura a la democracia, por cuanto el objetivo que persigue esta penetración es el de legitimar ulteriormente el poder mafioso a los ojos de los ciudadanos.
Según el Gobernador de Salta y muchos de sus actuales aliados, nuestra Provincia vive un momento muy particular, en el que comienzan a emerger algunos de los asuntos más oscuros de una larga, larguísima, etapa de ejercicio omnímodo del poder politico formal, que si bien alcanzó su legitimación mediante los procedimientos legales previstos, basó su extraordinaria fuerza en el poder oculto.
Bobbio sostuvo que el verdadero poder democrático es solo aquel que es capaz de ser responsable ante los ciudadanos. Pero que solo puede responder y ser llamado a responder si el público puede verlo. La democracia -señala el filósofo turinés- "huye del poder que se enmascara". "Nada es más contrario a la democracia que el poder oculto. Nada es, por el contrario, más acorde con la naturaleza del poder mafioso que el obrar en secreto y con la máscara cubriéndole el rostro", añade Bobbio.
A pesar del buen empeño del Gobernador y de su deseo declamado de sacar a la superficie y a la luz pública la mayor parte de los asuntos y negocios fraguados al amparo del poder oculto, muchos ciudadanos de Salta experimentan por estas horas una sensación de vacío, de duda legítima acerca de que estemos viviendo realmente el auténtico final de la era del poder oculto.
Las escaramuzas entre uno y otro bando -que no se debe olvidar: pertenecen al mismo partido político- pueden ser el preludio de un cambio profundo en la naturaleza del poder y en sus estilos de ejercicio; pero a ojos de muchos no son nada más que el resultado -por ahora provisional- de la incipiente ruptura de la omertà: la ley del silencio o el código de honor siciliano que prohibe informar sobre los delitos que incumben a las personas implicadas.
El Gobernador de Salta no debe olvidar que combate hoy contra quienes apenas ayer le proporcionaron generosos espacios de influencia y poder, de modo que su primer deber ante la ciudadanía es el de efectuar una profunda autocrítica de su pasado reciente, no solo para demostrar su ajenidad respecto a las operaciones ilegales del poder oculto, sino también para poner de manifiesto que su actitud moralizadora y democratizante no es un arrebato tardío, una mera pose dictada por el oportunismo político o por un vulgar sentimiento de venganza (o, en este caso, de vendetta).