He estado siguiendo con tanta atención el “culebrón” del Fondo del Bicentenario, que no he podido por menos que dejar de lado las noticias sobre mi país. Aquí tenemos problemas y de eso se habla; allí parecían no existir grandes problemas y ahora no se para de hablar sobre uno, a mi juicio gravísimo, que difícilmente se llega a entender cómo se ha podido generar. En estos días me he planteado una serie de preguntas sencillas: la fundamental, “cómo ha sido posible llegar a esta situación”; y lo digo en sus dos vertientes, económica e institucional.
En lo económico me resulta chocante que la Presidente haya defendido en las últimas horas que las reservas se tomaban para evitar que alguien desde fuera pudiera “correr” al país. Yo he tenido la sensación durante esta crisis que, por hacer las cosas a las bravas, lo único que se iba a conseguir era “correr” desde dentro al país.
Sigo sin poder comprender cómo unos fondos que inicialmente eran una garantía de pago, pero también de estabilidad económica y un signo de confianza en el país, se han transformando en una especie de “herencia de la abuela” (la República), que una legión de familiares se disputa con tal de asegurase el “botín”; en esa pelea y con “la abuela” maltrecha, se han tirado de los pelos, se han faltado al respeto y han trampeado la ley.
Si con el Fondo del Bicentenario se pretendía dar imagen de estabilidad y confianza, después de este espectáculo eso no se va a conseguir. Sería triste, como dice el título que elegí para esta columna, que el Bicentenario pueda acabar siendo recordado por el dichoso Fondo y todo lo que ha traslucido de la institucionalidad del país.
Antes de que por decreto Redrado fuera expulsado de su puesto, para luego por orden de una jueza, ser restituido otra vez en él, el Presidente del BCRA “había dejado gobernar a la Presidente” (como a ella le gusta exigir) durante meses y sin problemas. Sólo con la creación del Fondo, Redrado se puso en pie de guerra y se empeñó en resistir. Ya en su momento, el día en que el Fondo fue presentado oficialmente por cadena nacional, me resultó muy extraño que el Presidente del BCRA no estuviera presente en el acto oficial. Algo debió pasar entonces que la máxima autoridad del Banco no debió digerir bien; ese algo con el paso de los días se ha agravado y ha terminado siendo imposible de admitir. O las formas legales o el “fondo” del Fondo o una combinación de ambos factores, ha puesto en grave peligro las reservas; de otro modo no se entiende haber llegado a esta lamentable situación.
Cada vez que en los últimos días alguien del Gobierno o del oficialismo hablaba de las reservas, ese dinero era para un fin. Primero fue una garantía de pago, luego plata para sostener la demanda interna, más tarde fondos para pagar la deuda y dejar de abonar alto interés y por último fondos no de todos, sino de Néstor y Cristina que – con su habilidad e inteligencia – los lograron acumular. Para Redrado, Cobos y la oposición, eran fondos que aseguraban el valor de la moneda nacional y respaldaban el dinero de los argentinos y eso parecía lo único a defender.
Si sólo eran una garantía de pago, ¿tan desesperadamente había que ofrecerla?; si con ellos se emitía una señal de confianza a los acreedores del país, ¿la confianza debía ser tornada en desconfianza y en crisis institucional?; si sostenían el valor de la moneda y el dinero de los argentinos ¿tan amenazados se han visto como para que el Presidente del BCRA se atrinchere en su despacho y recurra a la justicia para soportar los embites de una Presidente y un gobierno nacional? Si uno se pone a pensar fríamente, tanto unos como otros con su actuar, han dado señales que más que confianza, inspirar terror.
Sin remontarme al día de toma de posesión de su cargo de la Presidente Fernández ni a su discurso en el que prometió profundizar la institucionalidad del país, esa tarea no se acomete a golpe de DNU, de rifirrafe y de demanda judicial; eso es cualquier otra cosa menos institucionalidad y normalidad.
Guste o no guste, la Constitución, las Leyes y sus procedimientos, - o la Carta Orgánica de un ente oficial - no pueden ser arrasadas ni para crear el Fondo del Bicentenario ni para llevar adelante la política económica que uno considera mejor. Todo ello se puede hacer, aceptando previamente y sin excepción, las normas que rigen la República de la que uno es el más alto cargo institucional.
Últimamente la señora Fernández de Kirchner y su Gobierno fuerzan demasiado los límites. Esos límites estaban y van a estar; esos límites “permiten gobernar”: a veces con más y otras con menos autonomía, eso es lo hay que saber encajar. Desde el pasado 28 de junio, - precisamente por voluntad popular – el margen de autonomía se ha visto reducido y eso, precisamente, es “gobernar democráticamente y respetando la voluntad popular”.
En Argentina casi todas las crisis han tenido un componente fiscal, a ellas pareció ayer referirse la Presidente cuando dijo en Avellaneda: “los que no supieron gobernar que no sigan poniendo palos en la rueda”. Yo me planteo algo peor, que sea el Gobierno de la señora Fernández el que – sin aparente crisis fiscal -, inaugure un nuevo tipo de crisis: la institucional que acaba derivando en económico-fiscal. Si eso llegara a suceder, ni unos ni otros habrían dado muestras de “saber gobernar” y los ciudadanos – que ya se sienten desencantados tanto del Gobierno como de la oposición - no tendrían dónde asirse para confiar en un presente y un futuro mínimamente alentador.
La jueza Maria José Sarmiento, en sus dos fallos, ha hecho hincapié en lo fundamental: el poder Legislativo y el concepto de República – esos que pone límites al Ejecutivo de turno en un país -. Eso que para el Jefe de Gabinete parece que son “payasadas” son en realidad los ejes que rigen la democracia, el buen gobierno, la normalidad y la garantía tanto fuera como dentro de ese país.
Todo eso es lo que, desde su creación, debería haber exhibido el Fondo del Bicentenario; lamentablemente no ha podido ser así.
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