Dos breves reflexiones en torno a los sucesos de Ecuador

Rafael CorreaPrimera reflexión. Uno de los factores que históricamente ha favorecido el éxito de los intentos de golpes de Estado en América ha sido la confusión que se produce inmediatamente después de los primeros hechos violentos. La incertidumbre acerca de la exacta localización del poder y la imposibilidad de saber con certeza quién controla la situación en un momento determinado han jugado siempre a favor de los golpistas. Nunca al revés.

Durante los sucesos de anteayer en Ecuador, la incertidumbre sólo ha durado unos pocos minutos. Casi todo el mundo sabía lo que estaba pasando allí en el mismo momento en que se producían los acontecimientos. Probablemente la información que fluía desde las calles de Quito y Guayaquil no haya sido la mejor, ni la más veraz, pero -a diferencia de las intentonas golpistas de antaño- hubo en Ecuador información abundante e instantánea (imágenes, sonido, textos, etc.), lo que permitió movilizar rápidamente a las opiniones públicas (tal vez más rápido que nunca) y forzar la reacción casi inmediata de la mayoría de los gobiernos occidentales.

Tal no sea exagerado pensar entonces que han sido las comunicaciones globales instantáneas las que salvaron la vida y el gobierno del presidente Correa.

Segunda reflexión. El mundo civilizado cerró filas en torno al gobierno legítimo del Ecuador, casi tan pronto como aquel se vio amenazado.

Sin embargo, es posible distinguir claramente entre dos tipos bien diferenciados de reacciones de solidaridad. Por un lado, la de aquellos países y movimientos sociales que ensayaron una defensa ideológica de la democracia ecuatoriana, y, por otro, aquellos que hicieron una defensa política de la legalidad encarnada por el Presidente.

Los primeros se sintieron, evidentemente, impulsados a manifestar su solidaridad por afinidades de pensamiento con el mandatario amenazado; los segundos, simpatizaran o no ideológicamente con el presidente Correa, lo defendieron por convicciones democráticas, más allá de cualquier otra consideración. Es decir, que hubiesen defendido la legitimidad democrática del Ecuador aunque pensaran que el Presidente no es en realidad un demócrata.

Bien es cierto que la unanimidad del rechazo internacional se vio favorecida por el hecho de que quienes atacaban la legalidad ecuatoriana eran policías insatisfechos por sus condiciones laborales y no hordas fascistas sedientas de la sangre de su antagonista, ni militares aliados con las oligarquías terratenientes, ni asalariados dispuestos a conquistar violentamente el poder para instaurar una dictadura del proletariado.

Pero a la hora de valorar los sentimientos democráticos de unos y de otros, parece claro que los que defendieron ideológicamente a Correa aún perciben a la democracia simplemente como un instrumento para conducir a la sociedad hacia las metas sublimes que su ideología les promete, mientras que quienes lo defendieron de la otra manera pusieron por delante la política, que es la forma más civilizada de evitar los comportamientos violentos y la manera más racional de asegurar el respeto a la autoridad legal.