La conjura de los mutulos

La conjura de los mutulosHace algunos años, con ánimo de debatir, escribí un artículo que titulé “Nuestra salteña incapacidad de dialogar”. Fue publicado en un periódico local con el seudónimo Fernando Aragón, personaje al que adjudiqué carácter de salteño residente en California desde los años ’60, otorgándole, además, el título ingeniero. Aquel texto no alimentó ninguna polémica, pero desató enojos de quienes vieron un catálogo de agravios más que una crítica social.   

Allí intenté buscar alguna explicación al hecho que los salteños sean tan  propensos a charlar, monologar e ironizar como incapaces de dialogar. ¿Por qué, en esta sociedad, prosperan las habladurías y fracasa la comunicación?

No es que no hablemos. Entre nosotros proliferan las tertulias de café y las comidas con infatigables charlistas que, blindados con certezas, acallan a los demás. No faltan las reuniones hasta la madrugada y tampoco los encuentros ocasionales. Claro que hablamos. Lo que sucede es que hablamos sin decirnos nada. A veces hablamos demasiado para ocultarnos y para evitar comunicarnos.

Para intentar entender esto, pido la ayuda de Eugenio D’Ors cuando, aludiendo a los españoles de su tiempo, explicó que: “Tal vez por desconfianza, por sequedad o por timidez, somos propensos a charlar, a parlotear y a ironizar pero cargamos a cuestas con esa ‘trágica ineptitud para el diálogo’, ‘terrible causa de esterilidad intelectual’”.  

¿Por qué aún prevalecen, y hacen camino, la mentira y el chisme, alianza que pone en retirada a la veracidad como valor y al diálogo como uno de sus instrumentos? Sería un disparate insinuar que el chisme es producto de fabricación local. Pero no lo es decir que nuestro medio provinciano la dosis de chisme tiende a exceder la media aceptable en una sociedad.  

Se suele decir lo que no se piensa y pensar lo que se oculta y no se expresa con palabras. En cuanto al chisme, éste aparece como una arbitraria invención personal que, al rodar, se transforma en una creación colectiva que sustituye la realidad y desplaza la verdad. Otro día hablaré sobre el chisme al que, sin embargo, hay que reconocer una función social no totalmente negativa.  

¿Se trata, acaso, del resultado de la combinación de dos herencias: esa hispana “ineptitud para el diálogo” que señaló Eugenio D’Ors, y nuestra nativa cortedad de palabras detrás de la que se suele fingir apocamiento? Quizás la mala comunicación o la incomunicación sea en este caso un síntoma de una enfermedad social más profunda: la desintegración, la disgregación, en suma, la anomia.   

Señala Carlos Castilla del Pino que “una sociedad que habla sólo de aquello que se permite entender, que no hace esfuerzo alguno por convertir ese entendimiento en más y mayor entendimiento, esto, es, en la ulterior mutación, forzosamente comporta la desintegración de los elementos constitutivos de la misma”.

En Salta ¿cuántas asociaciones civiles figuran en los registros oficiales? De esa cantidad ¿cuántas son las que realmente funcionan? Aunque parezca paradójico, la primera y más persistente preocupación de la mayoría de esas asociaciones, aún en su etapa de gestación, es la formación de grupos internos destinados a enfrentarse hasta provocar su fractura antes de empezar.

Nadie se liga profundamente a nadie, porque en último término los demás son percibidos como potenciales competidores. Cuando se piensa que los espacios son pequeños, la lucha por ocupar los mismos se torna feroz, aunque al final los objetos en disputa son más imaginarios e intangibles que reales y tangibles. El resultado de estas disputas cuerpo a cuerpo no es el avance ni el logro de objetivos, sino el inmovilismo y la frustración.     

No cabe aquí adjudicar a la Salta actual los rasgos propios de una idealizada comunidad ligada por lazos de sangre, afectivos y solidarios. Tampoco parece que corresponda confundir el aislamiento tan receloso como arcaico, y la propagación de enconos entre personas, con los primeros brotes de afirmación de un individualismo moderno.

El secular y extendido comportamiento del “mutulo”, esto es, del taimado o “hipocritón”, como define José Vicente Solá en su “Diccionario de regionalismos de Salta” (1949), ¿es causa o es consecuencia de esa ineptitud social, y casi endémica, para el diálogo? A comienzos del siglo XX, Joaquín Castellanos observó que el salteño, más que prudente, es desconfiado y “precavido”. “Es raro encontrar un salteño que no sea precavido”, añade.

¿Acaso el “mutulo” no es hijo legítimo de esa desconfianza que, según Castellanos, atraviesa todos los grupos sociales? El “mutulo” tiene más afinidad con la cerrazón y terquedad de la mula, que con la astucia y la elocuencia del pícaro. Parquedad, ambigüedad, disimulo y retorcimiento son los muros protectores detrás de los que se esconde “mutulo”.

Se cometerá un error si se reduce al “mutulo” a un solo sector social. En este caso, los llamados sectores “bajos” o “subalternos” son los que encuentran en esa forma de comportamiento un arma de defensa frente a los que tienen el poder.

El “encuevamiento” (meterse en la cueva) o repliegue a la esfera privada del salteño, tiene que ver más con aquel rasgo psicológico señalado por Castellanos que con el culto al espacio de intimidad o con el  individualismo utilitario moderno.

Aunque también aquí se produce un cruce de actitudes extremas: las inspiradas por una ancestral misantropía, con las del culto progresista a lo privado o, mejor, en sus costados egoísta y hedonista, aderezados de esnobismo.  

El diálogo sólo es posible entre personas libres e iguales, dice Jaspers. Lo que debemos aclarar es por qué esa actitud es bastante generalizada y tiende a abarcar a todos los grupos sociales.    

No debemos confundir monólogos superpuestos con diálogo. De algún modo, la transición desde una Salta tradicional a una moderna pasa por el tránsito del monólogo al diálogo; del chisme y la mentira a la verdad; del enmascaramiento al rostro limpio.  

Sólo aprendiendo a dialogar podremos pasar de ser una comunidad elemental e ingenua o un borrador de sociedad, a constituir una sociedad más razonable y razonadora, además de moderna y democrática.

No se trata de reproducir en nuestra salteña realidad aquella Magna Grecia que quinientos años antes de la era cristiana, como escribió Borges, dio “la mejor cosa que registra la historia universal: el descubrimiento del diálogo”.

Hace veinte años, tirado en el cantero de un parque, encontré abandonado un pequeño libro: “De la amistad y del diálogo”, texto que escribió Eugenio D’Ors para leer una noche en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en enero de 1914.

D’Ors dijo entonces que no debíamos llamar diálogo “al juego de monólogos intercalados, por instrumento de interrupciones más o menos bruscas. Ni tampoco aquellos interrogatorios, en que una de las partes, maquiavélica, extrae todo el jugo a la otra y la hace largamente ‘cantar’, sin descubrirse ella”.

Tampoco  teníamos que confundir el diálogo con ese “cambio de generalidades rusticanamente miedosas, de compromiso, en que nada se da, ni por una ni por la otra parte, como aquellas conversaciones famosas, tejidas únicamente de preguntas recíprocas (...).

“No. Todo esto lo tenemos nosotros; pero todo esto no es aún diálogo. El verdadero diálogo empieza allí donde, por medio de la diserta palabra, se da y se recibe, y se recibe y se da con cierta proporción, pero sin cálculo, en obediencia dulce a los sentimientos de la humanidad, de civilidad, de curiosidad; de proporción y correspondencia que aún entre los diálogos entre maestro y discípulo pueden florecer”.

D’Ors añadió: “el hombre que habla en monólogo, que da y no recibe, obra en función de Pensamiento dogmático. El que lo hace según los ‘interrogatorios’ a que nos referíamos, en que recibe sin dar, obra en función de Pensamiento político. Pero el que entrega y recoge, y recoge entregando, y entrega recogiendo; el que ‘dialoga’, en fin, obra en función de Pensamiento filosófico.

“Y lo que tiene de grave todavía la ineptitud para el diálogo, es que, no solamente constituye signo y fuente a la vez de inferioridad afectiva, sino de inferioridad intelectual. Quien íntimamente rechace la posición, en el fondo irónica, de todo conversar, no será capaz de alta ciencia. Se verá reducido, si tiene osadía, al pensamiento dogmático (...). Cultivemos, pues, el santo diálogo hijo de las nupcias de la inteligencia con la cordialidad”.

Hagamos votos para que el ejercicio del diálogo arrincone al “mutulo”, pacífica y civilizadamente, al galpón de los trastos viejos. También formulemos votos realistas: esos que nos permitan conquistar una sociedad más dialogante, más libre, más apegada a valores, menos desigual, con menos pobres y con más ciudadanos plenos.

Ojalá podamos lograrlo, antes que la irresistible expansión de la conjura de los taimados y “mutulos” termine con lo que queda de nosotros.