No necesitó el Gobernador de Salta alterar la fórmula constitucional para jurar por 'él', como hizo la Presidente de la Nación. Al mandatario salteño le bastaron dos frases -casuales, pero muy significativas- para transmitir al soberano la idea de que su nuevo mandato se inicia bajo la advocación de 'él'.
Pero en Salta, 'él' no es ese cuarto dios verdadero de la cuatrinitaria concepción de la señora Kirchner. 'Él' en Salta es él mismo: Urtubey (trinus et unus).
La primera frase que pone de manifiesto la megalomanía del Gobernador es la siguiente: “No soy representante del poder, sino que soy vocero del pueblo de Salta”.
Con ella, el señor Urtubey reniega de su condición de “ciudadano que ejerce uno de los poderes del Estado”, o la trasciende, arrogándose la cualidad de vocero del pueblo de Salta, esto es -nada más ni nada menos- que la representación de la soberanía.
Decir eso equivale a decir: “No soy representante del poder, soy todo el poder... pero no cualquier poder: soy el poder del pueblo”.
Es evidente que nuestro Gobernador podría competir en modestia (e incluso en santidad) con el mismísimo San Francisco de Asís. O, quién sabe, con el Señor del Milagro: "Del pueblo de Salta no apartes tu amor".
La segunda frase recuerda más bien las antiguas conexiones familiares con el poder militar: “Ustedes no tienen un general que está cómodamente sentado, sino que tienen uno que va al frente”.
Es decir que, además de encarnación de la soberanía popular, sobre la mesa de arena de la gestión nuestro Gobernador es todo un Aníbal en Cartago, "el más grande de los generales", como lo llamó Cornelio Nepote.
Con semejante amor por sí mismo, al gobernador Urtubey no le hace falta jurar por 'él'; porque el ciudadano que, en nombre de la democracia y de las leyes, desempeña el Poder Ejecutivo con el título de Gobernador de la Provincia, está muy por encima de este poder espurio, formal, tal vez neoliberal, pero ciertamente poco 'inclusivo".
Al Gobernador de Salta el poder de la Constitución le resulta incómodo (le tira un poco de sisa), por lo que, acorde con su dimensión política y humana, su conciencia le manda colocarse en la inalcanzable altura del pueblo soberano, o, si acaso, en las igualmente inalcanzables alturas de los grandes generales de la historia de la humanidad.
'Él', por supuesto, queda hecho un poroto. Dentro de un año o dos, si este ataque de autoestima se profundiza, el Mensaje del Gobernador a la Legislatura debería ser sustituido por el rezo de una Novena al 'general vocero' del Pueblo de Salta, un ritual que no debería terminar en procesión sino con un desfile cívico-gaucho.