El sonado fracaso político del 'gerente polivalente'

Urtubey y el PJDon Juan Urtubey demuestra a cada paso que el oficio de Gobernador se aprende sobre la marcha; que nadie -tampoco él- sale del seno materno en posesión de todas las claves necesarias para el buen desempeño de un cargo de semejante envergadura.

Pero demuestra también que cuatro años de gestión -no exenta de tropiezos y de errores de bulto- le han cundido bastante; que este tiempo le ha resultado especialmente provechoso para madurar aceleradamente (buena falta le hacía), y para aprender que las improvisaciones y los errores en la selección de los recursos humanos suelen acarrear muy serios contratiempos.

El nuevo gabinete de Urtubey, con todo y sus notables falencias, sirve al menos para demostrar que sus políticas (las políticas de su gobierno) son oscilantes; que lo que de verdad importa son las personas y no los objetivos, y que rectificar los errores es la mejor forma de reconocerlos.

Lejos, muy lejos, de ese perfil de "estadista" que sus incondicionales reclaman para él, los cambios en el gabinete desvelan el auténtico rostro del Gobernador: el de un funámbulo en busca del equilibrio imposible.

Como ya sucediera en febrero de 2009 -cuando a poco más de un año de asumir, Urtubey se vio obligado a hurgar en el cajón de sastre romerista para repescar a aquellos "militantes del presupuesto público" que se encontraban flotando en el limbo político y darle así un "second wind" a su gobierno- en diciembre de 2011 el Gobernador nos dice, sin decirlo abiertamente: "Me equivoqué otra vez". Y esto es bueno, muy bueno.

Un antecedente nefasto

Porque fue su predecesor en el cargo quien introdujo en estas tierras la figura del 'gerente polivalente', ese personaje robótico y de diseño, concebido en las probetas del poder absoluto para reemplazar a los viejos y recalentados dirigentes políticos de siempre, cuya ineficiencia se atribuyó en su momento a su falta de conexión con el mundo académico y el de la gestión.

Tanto para Romero como para Urtubey, el blindaje de su poder personalista pasaba por expulsar de los puestos claves de gobierno a los dirigentes políticos tradicionales y colocar en su lugar a los hijos del Doctor Frankenstein: jóvenes treintañeros sin ninguna experiencia ni vocación política. A condición -por supuesto- de que fuesen portadores de un buen currículum vitae y que, llegado el caso, supieran guardar bien la obediencia debida y los secretos de palacio (especialmente los pecaminosos).

Urtubey dio todavía un paso más en dirección a la catástrofe: Propició que el "gerente polivalente" no solo se ocupara de la Administración del Estado sino que asumiera también responsabilidad en la dirección del Partido (del partido único) y el control de las campañas proselitistas. De este modo, el Partido -último refugio de los políticos crepusculares- se convirtió en un gigantesco galpón de acopio de jovencitos abúlicos, aunque suficientemente convencidos de que el camino hacia el suceso personal y la buena vida es en realidad un via crucis de "gestos militantes".

Un fracaso anunciado

La operación no ha podido ser más desastrosa. Salvo algún caso excepcional, los "gerentes polivalentes" han fracasado en la política y también en la gestión. No pasará mucho tiempo para que fracasen también dentro del Partido.

El Gobernador ha venido moviéndolos de un lado a otro, haciéndolos rotar de puesto, con la esperanza de dar alguna vez en el clavo; pero se ha dado cuenta -ya era hora de que lo hiciera- que para alcanzar determinados objetivos en política no basta con acumular másters en gestión y formar parte de pequeñas logias, sino que hace falta ese instinto que él posee y que ahora echa en falta en quienes lo acompañan.

Mientras esto sucede en la cúpula, los "gerentes polivalentes", un poco para asegurar su supervivencia y otro poco por exigencias del guión, se prueban en la base el traje de los viejos dirigentes políticos desplazados y comienzan lentamente a imitar sus gestos. Se han dado cuenta de que el Gobernador no necesita computadoras humanas a su lado; que no basta con ser prolijo con los números, ni con redactar dictámenes jurídicos impecables, ni con realizar "stages" bien remunerados en todos los ministerios.

Tras el fracaso de la gerentocracia (pensada paradójicamente para acabar con la gerontocracia), emerge en el horizonte una nueva lucha por el poder político en Salta.

Pero así como el retroceso de los "gerentes polivalentes" es saludable, resulta preocupante comprobar cómo el Gobernador, frente al desafío de gobernar, sigue empeñado en monopolizar la política, en absorber todas las luces, y en despreciar a los políticos, echando mano de amigos, de parientes, de incondicionales y de obedientes sin mayor talento. Solo cuando un político se da cuenta de su aterradora soledad, procede de este modo.

Sin dudas, es un mal comienzo para el segundo mandato. Las señales en el cielo no auguran nada bueno. Pero el Gobernador nos ha demostrado que -aunque lo haga tarde y ya cuando los errores no se pueden enmendar- es capaz de corregir el rumbo y de hacerlo con pulso firme.

La política y la experiencia de gobernar, al final, le han servido para algo.