Pocas veces nos tocó enfrentar a un seleccionado con apellidos tan intimidantes: Ospina, Armero, Mosquera, Pabón y -por si fuera poco- Bolívar. Los nombres no tienen nada que envidiar a los apellidos en sonoridad: Dorlan, Darwin, Dayro, James, Jackson o Arquivaldo (menos mal que faltaron a la cita Radamel y Amaranto).
A pesar de no disponer de una artillería onomástica tan poderosa, la Selección Argentina salió felizmente bien parada del envite.
Especialmente, porque el "Libertador" Gustavo Bolívar -áspero mediocentro del Tolima- no pudo cepillar (todo lo que le hubiera gustado) las piernas de ese otro "Santo de la Espada" que se llama Lionel Andrés Messi.
Suaves y tolerantes en casi todos los sectores del campo, los futbolistas colombianos se convertían en fieras (o en gladiadores, según se mire) cuando Messi se hacía con el balón.
La consigna era pararlo, a como diera lugar, porque es un secreto mundial a voces que a poco que el chiquitín de Rosario consigue una mínima ventaja en carrera, el siguiente movimiento del rival consiste en ir a buscarla al fondo del arco.
Lo sabía especialmente el mediocentro del Tolima, que a partir de los 20 minutos del segundo tiempo erigió una "República Bolivariana" a su alrededor: un territorio clausurado, dictatorial y petrolero, un Schengen al revés en el que la única ley aplicable es el derribo, por tierra, mar o aire.
Los gendarmes de Bolívar, disciplinados gregarios, se emplearon tan a fondo como su mismo jefe. Cuando Armero no conseguía cazar la pieza con sus arcabuces, optaba por echarle encima toda la armería, es decir, su cuerpo entero, incluidas las extremidades superiores. Cuando Yepes no podía por lo civil, lo intentaba por lo criminal.
Pero Messi no se arredró y siguió mostrándoles la pelota y haciéndoles creer que podrían arrebatársela. Es cierto que alguna vez lo consiguieron, pero fueron muchas más las veces que el pequeño delantero rosarino pasó al lado de ellos como una exhalación, dejándolos desairados, con la cintura quebrada, vencidos o desparramados por el suelo.
En el segundo tiempo, Bolívar ya no era el arrogante general de la cita de Guayaquil, ni Messi el San Martín austero, renunciante a la gloria, y presto a partir hacia el destierro. El de Rosario, hambriento como pocas veces, se dispuso a reverdecer los laureles de San Lorenzo, Chacabuco y Maipú, hasta el punto que dejó la Cancha Rayada de tanto eludir los muros, los fosos y los cocodrilos de la fortaleza bolivariana. El centrocampista del Tolima se quedó, así, atrapado en su laberinto.
El chiquitín era Napoleón: salía, entraba, devolvía, arrancaba, frenaba, ponía, sacaba... Todo en una sinfonía indescifrable para Bolívar, que hubiese sido igual de indescifrable para el mismísimo Mahler. El sueño continental bolivariano comenzó a hacerse añicos cuando el mejor jugador del mundo pentró en área rival como un cuchillo caliente en la mantequilla, no perdonó el rebote que concedieron Ospina y Yepes, y la clavó en un rincón tan oscuro como Fredy.
Bolívar solo hay uno, pero Messi se atreve con cuantos "libertadores" se empeñen en ponerle delante.