Apelar una sentencia que se considera injusta o apartada de las normas del derecho no es un acto de desacato a la Justicia sino más bien todo lo contrario. Quien discrepa de una decisión judicial, y exterioriza tal discrepancia a través de los cauces y remedios que las leyes establecen para ello, lejos de apartarse de la Ley, la cumple.
Los desobedientes, los desacatados, no suelen utilizar los recursos legales para defender su razón jurídica, porque lo suyo es la lisa y llana insumisión a la autoridad y a sus órdenes.
El Estado de Derecho (o el Imperio de la Ley, según se prefiera) se caracteriza por el respeto del derecho de defensa en juicio, que incluye como pieza fundamental de esta maquinaria la facultad de discrepar de las resoluciones judiciales a través de los recursos y los medios de impugnación reconocidos por el Ordenamiento.
El respeto del derecho de defensa en juicio (que no es otra cosa que el respeto por la libertad y la dignidad humana) nos obliga a medir con la misma vara las actuaciones procesales de cualquier ciudadano, incluidas las de aquellos personajes malvados y repugnantes que muchas veces ponen a prueba nuestra capacidad de tolerancia.
Negarles a estos el derecho a recurrir y a defenderse, aun cuando sea notorio que sus recursos carecen de razón y conllevan una finalidad meramente dilatoria, es negarnos a nosotros mismos la vigencia del Estado de Derecho y negar el valor de la Justicia.
Ya nos gustaría a todos que los malvados paguen por sus acciones criminales y que los gobernantes respondan por aquellos actos con los que han lesionado los derechos e intereses de todos, pero para conseguirlo nada peor que aplicar la vieja máxima del general Perón que decía aquello de "al enemigo, ni justicia".
Lamentablemente, muchos de los epígonos contemporáneos del anciano general siguen a pie juntillas esta muy peculiar "regla peronista" y piensan que nuestros enemigos se merecen condenas a las penas eternas, sin derecho a rechistar.
Que la sed de venganza no destruya la base de nuestro sistema de convivencia y nuestra idea de la Justicia. Que por mucho que algunos reos no disfruten de nuestra simpatía, no convirtamos a quien dice acatar la justicia y luego recurre sus decisiones en un falso y vil embustero, por lo menos hasta que un juez declare probado lo contrario.