El mundo gay y el de las sotanas tienen muchos más puntos de contacto de los que se les supone. A juzgar por los esfuerzos ecuménicos de la Iglesia Católica por tapar (y, en algunos casos aislados, por reparar las consecuencias de) los escándalos de curas pederastas y abusadores, la distancia entre uno y otro mundo no es tan abismal como a simple vista parece. De hecho, hay muchos gays piadosos y de misa diaria que no rehúyen el contacto con la iglesia. ¿Por qué entonces la iglesia habría de poner distancia con ellos?
En mi modesta opinión, debería haber más gays que se acerquen a los altares y, correlativamente, más curas dispuestos a acoger en el seno de la iglesia a los gays, como ovejas descarriadas o como lo que sea. No son tiempos de andar perdiendo afiliados por nimiedades.
Lo que no entiendo es que unas pintadas anticlericales, atribuidas a los desfilantes del "orgullo gay", hayan causado tanto revuelo en Salta.
No es comprensible que al "orgullo gay" se oponga el "orgullo clerical" y que los sacerdotes reaccionen frente al denuesto levantando de modo desafiante la barbilla del integrismo clerical.
Ni a unos ni a otros les está permitido refregarle a la sociedad su orgullo; pero mucho menos tal cosa le está permitida a la iglesia, porque el orgullo -aunque mucha gente lo entienda de otra forma- es arrogancia, vanidad y exceso de estimación propia.
Una religión que predica la humildad y que convierte en santos a quienes la practican, no puede oponer el orgullo religioso (o simbólico) al orgullo gay. Lo que cabe es ser humildes y no enroscarle la víbora a los salteños para obligarlos a creer que una agresión a la fachada (o al piso) de la Catedral es una afrenta a toda la sociedad, porque esto es pecado de soberbia.
Y si las fiestas del "orgullo gay" son acontecimientos en los que se celebra la libertad y la igualdad, ¿por qué tanto empeño en mostrarse diferentes? ¿Por qué confundir la libertad de expresarse con la libertad de agredir?
Si lo primero no es de verdaderos cristianos, lo segundo no es de verdaderos gays.
A quitarse los disfraces señores, y que la próxima vez se unan en santo desfile las sotanas con las siliconas por las calles de la ciudad; en armonía, y no solo cromática.
De lo contrario, será verdad el viejo chiste del cura que exhortaba en su sermón a "amarse los unos a los otros" y el feligrés que respondía desde el fondo: "eso es lo que queremos nosotros padre, pero la policía no nos deja".