Decían los griegos que lo único permanente es que vivimos en un mundo de cambios. Y esto lo decían cuando los cambios se producían lentamente. Hoy se suceden vertiginosamente; nuestra generación, la llamada del “baby boom”, que ha llegado a la edad de jubilación, ha visto y experimentado muchísimas transformaciones en el modo de vida, en la tecnología, en la política, las creencias, y otros muchos aspectos. El mundo para el que nos prepararon nuestros padres no es el que hemos vivido, y mucho menos el que vivirán nuestros hijos.
Los jóvenes de hoy han crecido con un mundo totalmente abierto, tanto por las comunicaciones como por las posibilidades de conocer a jóvenes de otros países, y por el aflojamiento de las normas morales y de convivencia que antes tenían más peso.
Muchos de ellos llegaron o están llegando a la edad adulta en hogares destruidos por el divorcio, la falta de trabajo o los azotes de las dependencias. Aun en los que la familia permanece unida, suelen existir deficiencias en la autoridad de los mayores o en la actitud de los menores hacia ellos.
Los jóvenes perciben y sufren en su lugar de pertenencia los problemas glocales: esto es, los globales que siendo mundiales se manifiestan en forma particular en cada lugar: crisis ecológicas, migraciones, xenofobias, drogas, inseguridad, delincuencia, evasión fiscal, escasez de trabajo, pobreza, etc.
Y llegan a un mundo donde no tienen mucho lugar puesto que les resulta difícil encontrar un trabajo, establecerse como adultos con plenas responsabilidades y fundar una familia.
Ser joven hoy pareciera ser más difícil que en otras épocas, puesto que muchos se representan el futuro propio como menos bueno que el de sus padres y, muchas veces, como absolutamente incierto. Esto genera muchas muestras de insolencia, rebeldía, descreimiento, cinismo, actitudes destructivas y autodestructivas, indolencia o renuncia a todo esfuerzo. Por otra parte, frente a una sociedad que cultiva el escepticismo, la duda, el miedo, etc., el joven se encuentra ante una disyuntiva: entrar en esa realidad o huir de ella.
Nuestro continente joven
Cuando se menciona a América Latina se la llama el “continente joven”. Esto es así no solo porque la historia de sus naciones soberanas y de sus instituciones lo es, sino porque casi el 60% de su población es joven. Cada año, cinco millones de jóvenes se incorporan al mercado laboral en nuestros países, pero solo una pequeña parte de ellos logra acceder a un puesto de trabajo. Una pequeña minoría logra un trabajo decente, en blanco, formal, bien calificado y bien remunerado.El caso de las provincias del noroeste argentino, no escapa a esta situación. Por lo contrario, diría que son las que en peores situaciones se encuentran. Pobreza e indigencia están asociadas a la población juvenil. Para el caso de la provincia de Salta, aunque en las últimas décadas la población muestra señales de leve envejecimiento, su composición sigue siendo predominantemente joven. Según el censo nacional año 2010, el 26,6% de los salteños tiene entre 15 y 29 años. Si a ese segmento sumamos la población de 0 a 14 años, tenemos un 57,8% de población.
Sabemos que no alcanza con tener una visión general de los jóvenes; ella es necesaria pero no suficiente para entender los rasgos específicos de los diversos sectores de ese conglomerado. Dentro de la franja poblacional de personas que tienen entre 15 y 29 años, hay rasgos comunes pero hay también muchas diferencias y contrastes.
Hay diferencias entre los jóvenes de las grandes ciudades y los de las más chicas, y a su vez entre estos y los de los pueblos y áreas rurales. Aparte de las conocidas diferencias sociales, están las que provienen de la educación recibida, del uso de Internet, del acceso a consumos, de las oportunidades laborales presentes y futuras; todavía hoy se generan diferencias de posibilidades por color de piel, origen nacional, y hasta opción sexual.
Cuando no se tiene una visión integral de un problema importante como este, a lo único que se recurre es a los parches. Se echa mano al pan de hoy, hambre para mañana. Para esto no hay fórmulas originales y, menos aun, recetas fáciles.
Para comenzar a cambiar esto tenemos que ver los problemas de los jóvenes no a través de la pequeña mira de las situaciones coyunturales que se pretenden remediar con medidas aisladas. Tenemos que dejar de ver en ellos al 37,7% del padrón electoral porque si insistimos en esto, seguiremos dando respuestas cuyo camino será el clientelismo político.
Diferencias generacionales
¿Que define a los jóvenes? ¿Qué los diferencia de los adultos? Hay muchas reflexiones sobre esta pregunta tan humana y tan universal. Trataré de responder utilizando pensamientos de otro pensador. Se distingue entre “el espacio de experiencia” y el “horizonte de expectativa”. El espacio de experiencia es el camino recorrido, lo que acumulamos a lo largo de nuestra trayectoria de vida. Es lo que, de algún modo, esta atrás, lo ya logrado, lo realizado.Mientras que, por el contrario, el horizonte de expectativa es el camino a recorrer, es lo que tenemos por delante, lo que se abre como promesa y desafío. Es la historia por hacer, es lo que debemos construir. El horizonte de expectativa es la esperanza en que se puede cambiar, a partir de nosotros mismos. El espacio de experiencia pesa más en la vida de los mayores; el horizonte de expectativa es más amplio en la de los más jóvenes.
Los jóvenes sienten la necesidad de cuestionar el mundo al que llegan. Tienen el impulso de discutirlo todo, incluso los criterios y hasta los valores de sus mayores. Una sociedad se hace de esas negaciones y rupturas, pero no es menos cierto que no se puede construir nada si no se equilibran los cambios con las continuidades. Cuando una cultura rechaza a la anterior o la desplaza, se condena a empobrecerse pues no aprovecha la buena herencia de la anterior.
Los adultos tendemos a asumir actitudes contradictorias ante los jóvenes: a veces se los suele halagar; otras se prefiere reprenderlos o ignorarlos. Creo que, ante su desorientación respecto a los problemas de la juventud, la sociedad oscila entre el paternalismo y la indiferencia.
Comprensión y diálogo
No se trata de elogiar, castigar o ignorar. El camino es otro: se trata de adoptar una actitud de comprensión con los jóvenes, pero no lograremos comprenderlos si antes no establecemos un diálogo mutuamente respetuoso.No iremos muy lejos si cada uno ve sólo una parte del problema. El desafío es ver el conjunto y su complejidad, y para ello hace falta tender puentes entre generaciones.
Debemos preparar a nuestros hijos para el futuro; no para el mundo de nuestros padres ni el nuestro. Lo determinante para su desempeño en el mundo que ellos vivirán será el carácter, y no solo el conocimiento, como muchos pudieran creer; y el carácter de un joven se forjará si percibe claramente la autoridad de los padres y/o familia.
Se dice que los jóvenes “son el futuro de la patria”, pero tenemos que comenzar a decir que, para que lo sean, debemos contemplar su presente. Durante años se repitió que los jóvenes eran “la promesa” del país y algunos se conformaron con seguir diciéndolo sin atinar a otra cosa.
Si queremos soluciones consistentes y a largo plazo, tenemos que volver a poner el acento en la educación, apuntando no solo a asegurar el acceso y la permanencia de los jóvenes en ella, sino también a mejorar la calidad educativa y a vincular la capacitación con el trabajo.
A menor nivel educativo, más exclusión e inequidad social y menos posibilidades de conseguir trabajo digno. Ahora, por distintas razones de políticas sociales tanto nacionales como provinciales, la educación alcanza a muchos jóvenes, pero este hecho no se traduce en una mejora de la calidad de la enseñanza ni en la ampliación del acceso de los jóvenes a la enseñanza superior y a las nuevas tecnologías, por más computadoras que se repartan, porque no es lo mismo instrucción que formación. Ni la Argentina, ni Salta escapan a la tendencia mundial de tener una tasa alta de desempleo juvenil. Tenemos que hacer que la educación vuelva a ser la palanca donde se apoye el crecimiento con equidad. Hemos perdido hasta la formación familiar de los oficios.
Cuando dijimos que nuestros problemas deben encararse a partir de un diálogo entre generaciones, quisimos señalar la necesidad de superar esa idea que contrapone las nuevas generaciones y sus pautas culturales, a las anteriores. A esto lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie, como dijo Juan Domingo Perón.
Solidaridad entre generaciones
Veamos por ejemplo: ¿Podemos contraponer generaciones cuando tenemos que afrontar una catástrofe natural? ¿Podemos hacerlo al momento de encarar temas como la pobreza, las epidemias, el hambre, el SIDA, el deterioro del medio ambiente, etc.? Es la solidaridad entre generaciones lo que debe prevalecer. Debemos unir generaciones si se trata de temas como la pobreza, la marginación, la exclusión, el empleo, la educación, salud, etc. La familia es el lugar donde se producen y articulan esas relaciones.En general, los descubrimientos más importantes en todas las áreas de las ciencias, se hacen en base a trabajos anteriores o precursores, que a veces parecen intrascendentes. No podemos transferir nuestros errores a los jóvenes de hoy, pero sí podemos hacerles ver cuáles fueron y qué caminos seguimos, para que no sigan el mismo y lleguen a igual destino.
Observo y quisiera creer que fuera así, como si hubiera una situación dual: por un lado la buena intención en este aspecto de los máximos decisores políticos, tanto nacional como provincial (por lo menos es lo que se declama y por ello en principio les creemos), pero que no se traduce en una férrea posición política. Por otro lado, la incapacidad de los niveles técnicos políticos de gestión para dar en la tecla del mejoramiento del sistema y, por lo tanto, como aquellos no tienen por qué conocer a fondo todos los temas, este se hace de difícil solución.
La responsabilidad de lo que pasó hasta hoy es de los adultos: somos los que estamos dejando este mundo como está. De los jóvenes es la participación para lograr un presente y futuro mejor para ellos y sus hijos.
Al Estado le corresponde garantizar la educación para niños y adolescentes hasta completar el nivel medio, y ayudar cuando hay situaciones de emergencia, pero a nosotros, esforzarnos para ayudarnos a nosotros mismos a lo largo de la vida. En eso consiste la libertad.
Por ello la democracia no admite la imposición de proyectos personales, a los que nadie fue llamado a opinar y donde el diálogo es el primer escalón de la participación, y esta es el primer paso del ejercicio democrático.
Construir el futuro
Aunque los jóvenes siempre han cuestionado la cultura heredada y se han planteado cambiarla confrontando con sus mayores, nunca tanto como ahora los cambios y las continuidades parecen tan divorciadas. A los mayores nos corresponde comprender a los jóvenes en su complejidad y diferencias, e intensificar los esfuerzos por darles una educación que les invite a participar en la construcción de su futuro a pesar de las incertidumbres y dificultades presentes.(*) Diputado nacional M.C.