Europa se halla al borde de la desintegración. La posible ruptura de la llamada 'zona euro' -uno de los espacios económicos más sólidos del planeta durante la pasada década- representa hoy una seria amenaza al sueño de unidad europea, que, como de todos es sabido, no solo aspira a la cohesión económica y social sino también a la unidad política. Los países de la Unión Europea -incluso los más fuertes- se enfrentan a un escenario desconocido: el de la impotencia de la política para frenar la voracidad de los mercados y controlar su exorbitante poder.
Pero mientras los líderes políticos europeos siguen empeñados en buscar soluciones económicas fuera de las fronteras de la Unión e intentan seducir a los llamados 'países emergentes', los ciudadanos de Europa les demandan soluciones políticas; es decir, exigen a sus líderes un cambio profundo en la forma en que, hasta aquí, la política se ha venido relacionando con la economía.
La respuesta no puede ser más descorazonadora: la política (la que encarnan los políticos convencionales) no es capaz de conmover, ni siquiera mínimamente, los sólidos cimientos de la dictadura de los mercados; los políticos no capaces ya de dar respuestas políticas genuinas, porque se mueven al compás de los ritmos que les señalan los mercados y solo parecen decididos a buscar soluciones de coyuntura que sean capaces de restituir el equilibrio perdido.
La política, en fin, ya no se plantea recuperar la soberanía de las decisiones ciudadanas, sino solamente volver a la situación anterior, es decir, regresar al pasado reciente en el que los mercados le mostraron su mayor simpatía. Los políticos solo quieren recuperar a esos estados enormes e incontrolables y financiarlos con las mismas herramientas de antes. Pero ya no pueden.
El poder del dinero
Y no pueden no solo porque la situación económica es hoy muy diferente a la de antaño sino por una razón que casi ningún político europeo parece dispuesto a admitir: que el poder político y los liderazgos -tal cual los conocemos hoy- se construyen en base al dinero, a mucho dinero.Cuando el dinero y el poder económico se encargan de modelar a la política, de fabricar líderes y de financiar campañas, la política pierde su autoridad moral y hasta su eficacia jurídica frente a los detentadores del poder económico. Cuando el poder político se convierte en un apéndice del poder económico, se convierte también en una herramienta al servicio de éste y no de los ciudadanos.
En otras palabras, que si la política es hoy incapaz de controlar a los mercados y de impedir que sigan echando abajo países enteros, destruyendo millones de empleos y aniquilando las fuentes del bienestar, es porque la política ha dejado paulatinamente de ser una actividad bajo el control de ciudadanos, para pasar a ser un espacio controlado muy de cerca por los millonarios y por sus millones.
Son los millonarios los que adoptan las decisiones fundamentales de nuestras sociedades y a estos millonarios les importa bastante poco las elecciones y las opiniones de los ciudadanos, pues sus recursos son tan extraordinariamente abundantes que les cuesta relativamente poco imponer su influencia, volcando elecciones o fabricando opiniones -e incluso líderes- a la medida de sus necesidades.
No importa de donde venga el dinero. El dinero no tiene patria ni ideología. Puede venir tan pronto de Venezuela en misteriosas valijas, salir de las arcas de fundaciones que aspiran al Premio Nobel o, incluso, venir de países extremadamente pobres, como algunos del África francófona.
El poder del dinero maneja los hilos de la política a su antojo y por ello es lógico suponer que los políticos luego se vean impedidos -aunque lo deseen- de ponerle frenos al mismo dinero que los colocó en el poder, de recortarle las alas al mismo dinero que fabricó su popularidad, al mismo dinero que los mantiene en lo alto contra viento y marea. Es una cuestión de sentido común.
El final de una era
Pero la soberanía de la política es implacable y los millonarios lo saben.Como hace casi un siglo y medio, los más poderosos temen que si los ciudadanos toman conciencia de la claudicación de los políticos -en muchos países ya lo han hecho- el gigantesco edificio de su poder se venga abajo.
Sin embargo, no debemos desdeñar su poder de chantaje, porque éste todavía es enorme. Si existiera hoy un país en el que los ciudadanos insinuasen con volver a tomar el control de sus asuntos, ese país sería inmediatamente sometido a un feroz acoso, y el dinero -más volátil que nunca- emigraría hacia otros lugares más favorables a su reproducción sin controles. Para eso, el capitalismo financiero internacional es la actividad más libre y más desregulada del mundo: la única que no conoce de fronteras ni de jurisdicciones nacionales.
Solo una respuesta ciudadana global y concertada, una acción colectiva firme, podría meter en cintura a los mercados y a los bancos y restituir a la política a su lugar de privilegio.