Hace dos mil años un judío de Nazaret se hizo crucificar por proclamar y defender los hoy llamados “Derechos Humanos”. Aquel martirio tan lejano para nuestro efímero turno terrenal, ha sido el acontecimiento más relevante de la Historia del hombre desde sus orígenes hasta hoy. El drama del Gólgota sepultó al primate para siempre y despertó la conciencia del “homo sapiens” que no la registraba todavía.
La VIDA como Don sagrado de Dios; Dignidad, libertad, igualdad y propiedad de lo ganado con el propio esfuerzo, como condiciones inherentes a la persona, fueron los fundamentos de aquel mensaje y las herramientas para difundirlo al mundo debían ser, entre otras, el amor, la Fe, fortaleza y templanza, la Justicia y la verdad.
En ese puñado de valores esenciales está el núcleo de la condición humana y estuvo desde siempre, aunque pareciera tratarse de un reciente hallazgo que requiere atención universal prioritaria y urgente.
Sin embargo, salteándonos centurias, la histórica “Carta Magna” de los Barones ingleses, balbuceaba ya en 1.215 el reconocimiento de los derechos individuales.
También de Inglaterra provienen, “La petición de Derechos” de 1.628, el “Acta de Habeas Corpus” de 1.679 y el “Bill of Rights” de 1.689; todas expresiones colectivas concretas reconociendo y demandando la vigencia y respeto de los derechos individuales y sociales.
En América fueron las colonias inglesas que, convertidas en estados autónomos, se dieron sus Constituciones locales con expresas declaraciones de los derechos civiles y las garantías de su ejercicio, precediendo a la Constitución Federal de 1787 que los incorporó a su texto recién en la Enmienda IX de 1.791.
Todas las Constituciones posteriores adoptadas por las Naciones centro y sud americanas, contienen expresas disposiciones consagratorias de los derechos personales.
Por su trascendencia histórica, política y social, no podemos olvidar la “Declaración de derechos del hombre y del ciudadano”, promulgada por la Asamblea Constituyente francesa el 26 de Agosto de 1.789, compendio universal de los derechos humanos expresado en tres palabras; Libertad, Igualdad y fraternidad.
En el campo internacional, la Organización de Naciones Unidas (ONU), aprobó en 1.948 “La Declaración Universal de Derechos Humanos”, cuyo artículo tercero (como ejemplo) prescribe; “Todo individuo tiene derecho, a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”.
A esta Declaración le siguieron, pactos internacionales, protocolos, Convenciones, tratados y nuevas declaraciones que abundan en detalle la cuestión de los derechos humanos.
Finalmente, nuestra Constitución originaria (1853) y la que hoy nos rige (1994), consagran un capítulo entero a los derechos y garantías, (innecesariamente detallados, para mi gusto, en el último texto constitucional).
Como vemos, la cuestión de los derechos humanos es de larga data y ocupa lugar predominante dentro de las prioridades globales no resueltas todavía.
Aunque, rudimentariamente, conocemos la Historia y el penoso camino recorrido por la humanidad para reconocer y consagrar algunos de los derechos esenciales de la persona como tal.
Sabemos de la sangre de hombres justos y valientes con que ha sido regada la lucha por la libertad durante milenios. Recordamos a muchos de los que dieron su vida por esta noble causa.
Iniciada ya la segunda década del Siglo XXI encontramos un extenso listado de derechos calificados como “humanos” (como si hubieren otros que no lo fueran) y sin embargo cuesta señalar media docena de países en el Mundo donde realmente se respeten y ejerzan aceptablemente.
También sorprende que la VIDA, derecho natural y génesis de todos los demás, sea el menos valorado, el menos respetado y el menos preservado por aquellos que dicen encarnar la lucha por los derechos humanos.
Siendo la muerte consecuencia condicionada por la existencia de vida previa, admitámosla como la contracara o el fin de aquella, pero aquí hablamos del derecho a la vida y no de su ciclo terminal.
La ocupación norteamericana de Irak y los atentados generados, contabiliza, ya más de 200.000 muertes civiles inocentes y de todas las edades,
Los bombardeos aéreos de la OTAN en Libia, dispuestos para defender al pueblo de la represión del régimen, han matado tantos o más inocentes que los ejércitos del propio Khadafi.
Los incontables actos terroristas que se suceden en todas partes y cada día, son macabros testimonios del disvalor de la vida en su esencia más elemental.
Un reciente informe de la FAO contabiliza en el primer semestre del 2011, ¡1.200 millones de personas en el Mundo con hambre!, entre las cuales más de cien millones morirán este año de inanición.
La legalización del aborto en la mayoría de los Estados considerados “del primer mundo”, consagra el modo más cobarde y canallesco de matar.
El sida, cólera y el dengue (entre otras ”pestes”), se pasean triunfantes por la narices del mundo retrotrayéndolo a la edad de piedra con las devastadoras consecuencias de aquellas épocas remotas.
Sobrevolar apenas por el concepto de LIBERTAD en sus diferentes manifestaciones y su vigencia en algún lugar, resulta francamente desalentador.
Hay más de quinientos millones de mujeres en el Mundo sin derechos civiles ni políticos de ninguna clase. Si no me quedo corto, una treintena de países son gobernados por tiranos, dinastías y/o sistemas de “partido único”, donde no cuenta la opinión ni voluntad popular para nada. Agreguemos a la lista las pseudo democracias como las de Venezuela, Irán, Federación Rusa, Nicaragua y algunas a punto de parecérseles como la nuestra, por ejemplo.
Basta leer los informes anuales de la SIP para formarnos una idea cabal de las restricciones (a veces totales) impuestas a la libertad de prensa y de opinión.
Las políticas migratorias adoptadas por los países “desarrollados” (Italia, España, Canadá, USA, Francia, los principales), imponen barreras a la inmigración extranjera, que no solo impiden el ingreso al territorio sino que, antes de deportarlos, los encierran en verdaderos guetos improvisados y condiciones infrahumanas. No interesan las razones por las que llegan esas multitudes, ellas son tratadas como un problema y no como personas desesperadas. Tampoco ninguno hace nada por ayudarlos a sobrevivir siquiera, en sus territorios de origen.
Educación, salud, trabajo, seguridad, vivienda, son elementos constitutivos de la DIGNIDAD de todas las personas por el solo hecho de serlo. Agreguemos como recordatorio, que todos son parte de las obligaciones esenciales de los Estados, cualquiera fuere la forma de gobierno que adoptaren. Invito a revisar los índices globales, regionales y locales de cada cual para comprobar su alarmante situación.
Lo dicho precedentemente basta y sobra para demostrar que la IGUALDAD y JUSTICIA son convidados de piedra en la mesa de los derechos humanos.
Regresando a nuestro país, Argentina, nos damos con que, quienes desde hace ocho años ejercen la casi plenitud del poder de la Nación, hicieron de los derechos humanos el dogma de su compromiso político y acción de gobierno, expresada en su discurso, como la “redistribución del ingreso”.
Atendiendo a los resultados de tan noble propósito y acudiendo solamente al texto constitucional vigente para cotejar ambos con la realidad, no podemos ocultar nuestra frustración ni callar la rabia, por la farsa de la que han sido víctimas los derechos humanos en general y el pueblo argentino en particular.
Estos mentores vernáculos del relativismo y el anti valor, encontraron la sombra de los derechos humanos para cobijarse y usarlos como pantalla protectora de sus ilícitos comprobados, mientras los niegan y suprimen de a uno sin prisa ni pausa.
Son los que invocando un progresismo ausente, engrosan con descaro su patrimonio personal, confiscan los ahorros privados, desobedecen las sentencias judiciales, alteran las estadísticas oficiales, les roban a los jubilados, censuran las opiniones diferentes y a la prensa independiente, compran voluntades tan corruptas como ellos mismos, extorsionan gobernadores, jueces y fiscales, etc. etc.
Pero la bajeza mayor de nuestros “progresistas”, es haber enarbolado la bandera de los derechos humanos para envolver en ella un clientelismo infame a costa de la indigencia de los que más necesitan. Es haber esgrimido esa noble causa y a la entidad que la representa, para cometer delitos e incalificables actos de corrupción con los dineros públicos, sin control de nadie y la impunidad garantizada.
Con lo dicho basta para demostrar que transitando el Siglo XXI, el Mensaje de aquella Santa Cruz no ha sido escuchado todavía y en este nuevo Mundo globalizado también lo está la hipocresía.