A lo largo de estos años, no he podido evitar la comparación: las pomposas ceremonias de recepción de los primeros turistas que se celebran en Salta se parecen cada vez más a la llegada del avión a la hospitalaria Isla de la Fantasía, en donde, a pie de pista, esperaban, siempre sonrientes y solícitos, el señor Rourke y su inseparable amigo Tatoo. Coronas de flores hawaiianas, pétalos de rosa cayendo del cielo, frutas tropicales, vestimentas exóticas, incluidos los inmaculados trajes blancos de los protagonistas de la célebre serie de televisión.
No está empíricamente demostrado que las faraónicas recepciones a los primeros turistas de la temporada sean capaces de aumentar o mejorar nuestro turismo, ni que los agasajados relacionen inmediatamente los aspavientos oficiales con la hospitalidad lugareña.
Tal vez no sean inútiles del todo, porque si las miramos mejor, este tipo de exhibiciones aumentan la visibilidad de Salta. Pero, en la práctica, solo sirven para que los funcionarios de turno exterioricen frente a la parroquia doméstica su preocupación y su dedicación al turismo y al cuidado de los turistas.
Hasta cierto punto, estas ceremonias -que incluyen regalos, escoltas motorizadas o montadas y desayunos con empresarios del sector turístico- tienen un ligero matiz tercermundista y vulgar. Convendría hacerles algunos retoques estéticos para evitar que la sobreactuación oficial arruine el buen gusto.
En pocos países del mundo los primeros turistas son escoltados hasta sus hoteles por un escuadrón a caballo liderado por la propia Ministra de Justicia del lugar, disfrazada de gaucho. Esto no solo es una exageración sino también un detalle de mal gusto.
En ocasiones también es incomprensible la presencia en estas ceremonias de obispos y sacerdotes prestos a rociar con agua bendita a los recién llegados. Hay que tener en cuenta que no todos los turistas que llegan aquí buscan experiencias místicas en la falda de los cerros; algunos solo vienen a ver a nuestros más fornidos travestis. Hay que respetar a todos por igual.
Debemos comprender que "tratar bien" a los turistas no solo consiste en regalarles bombones de cayote con nuez en el peaje de Aunor ni colocarles un poncho de llama con 35 grados de calor. Para empezar, hay que proporcionarles buenos alojamientos, con buenos precios y servicios de calidad aceptable, y no aprovecharse de ellos cobrándoles lo que las cosas no valen, dándoles gato por liebre y obligándoles a consumir servicios de ínfima calidad, incluidos algunos espectáculos folklóricos.
Y para terminar, debemos esmerarnos en su seguridad, en sus desplazamientos, en sus transacciones, en sus bienes y en sus personas.
No todos los turistas que llegan a un lugar desean estar siempre rodeados de hospitalarios lugareños; muchas veces, las atenciones y la exageración del carácter servicial ahuyenta a los visitantes, sobre todo aquellos que no están acostumbrados a que en un lugar extraño se los trate con desusada familiaridad.
Si, por la razón que sea, seguimos empeñados en imitar a la Isla de la Fantasía, por lo menos hagamos el esfuerzo de que el turista sienta que ha llegado a un lugar en el que podrá cumplir sus fantasías, sin importar su índole. Para ello, en vez de los regalos y las escoltas amazonas, propongo que para las próximas ediciones el secretario municipal de turismo se vista completamente de blanco y pronuncie una sola frase: "My dear guests, I am Mr. Antonelli, your host. Welcome to Fantasy Island."